Cosos

Un coso

de Griselda Collazos

 

Griselda Collazos nació en Tres Arroyos, donde los edificios todavía no tapan el cielo y el campo es de trigo y maíz y vacas. Vino a La Plata a estudiar plástica en la Facultad de Bellas Artes. Después se recibió y ahora es docente también en la Facultad. Hace un par de años empezó a "meter" sus imágenes en la PC y a tratar de ingresar al mundo de la ilustración (también algo de animación 2D). En eso anda todavía, en una especie de camino sinuoso entre los pinceles, el escaner y el Photoshop. Podés escribirle a gricoll@gmail.com.

P

artamos de la base de que, donde hoy están clavados, antes hubo algo. No me pregunte qué, pero cierta presencia que contrasta con el vacío ocioso que hoy contemplo. Y si ese "algo" perdido, fugado o robado era importante, su estado de salud debe ser grave. No digo fatal, porque de un único agujero de mediano porte nadie se muere. Lo peor ocurre cuando se diseminan o crecen de tal modo que llegan a doblarnos en tamaño.

Puede ignorarlos e incluso negarlos, pero llegará un momento en que tanta ausencia pasa factura, ya lo verá. Molestan. Pesan. Pican. Incomodan como dedos erguidos que señalan. Como ojos inyectados de hondo rencor que no parpadean jamás por no dejar de mirarnos.

Puede llenarlos de otras cosas triviales y ligeras de las que abundan puertas afuera. Pero si no se ajustan exactamente a sus bordes, el injerto casero durará lo bastante como para asistir a cualquier reunión social sin marcas, ni pasado, ni sombra de abismos. Y el dolor volverá en cualquier madrugada con una intensidad desconocida.

Le aconsejo una solución arriesgada.

Mírelos un día cara a cara y enfréntelos con la calma de un cirujano veterano. Estudie sus límites resecos. Destape capa a capa las tramas que tejió para ocultarlos. Sin mucho meditarlo, déjese caer en su centro como una hoja y respírelos mientras se hunde en aquel mar de dolor.

Más no puedo contarle. Usted verá a qué se enfrenta, porque todos son casos particulares. Algunos descubren allí dentro cierta comodidad y tibieza reconfortante. Y allí se refugian y protegen del mundo embravecido. Los más temerosos, regresan cada tanto a comprobar que el sitio no sigue sangrando de desgarro. Pero lo que sí puedo asegurarle, es que nadie sale indiferente.

 

The Plug-Hole, por Tony-M