Narrativa
Carlos Aprea nació en 1955 y vive en Villa Elvira, partido de La Plata. Además de ocuparse en varios oficios para vivir, es escritor. Tiene un par de libros de poesía publicados: La intemperie (1999) y Abrigo (2005). Actor y director de teatro, con unas cuantas obras; las últimas son Pervertimiento y otros gestos para nada (2006/07, director) y Ensueños-Juana Azurduy (2007/08, actor). Blog: otravidaahora.blogspot.com; correo electrónico: carlosaprea@gmail.com.
iempre termino bajando yo, no hay caso. Martín maneja bien la pala, pero le falta algo. Parece que le da lo mismo una zanja o una tumba; es muy pibe. Todavía no logré que alguno de los pibes se anime a hacer bien el pozo. Siempre tengo que terminar yo haciendo el control de calidad. Lástima el tirón en la espalda. Es la ciática. Si sigo con este laburo un día no me sacan vivo de uno de estos agujeros.
–¡Apúrese don Beto, que está llegando la gente! ¿Le falta mucho?
–Ya está, ya está. Lo único que falta es que me andes apurando. Esperá un minuto que salgo. ¿Llegó el rabino?
–¿Quién?
–El rabino, el que oficia la ceremonia, Martín. Viene a ser como un cura pero judío.
–Yo no veo a nadie con sotana, don.
–¡No tiene sotana, bestia! Fijate que es un muchacho joven, con pelo castaño crespo, anda siempre con traje azul y con una Biblia y una tela en la mano.
–¿Una especie de bufanda roja?
–Sí, sí, una especie de bufanda...¡si serás ignorante vos!
–Esta viniendo para acá, don Beto, con un grupito de viejos.
–Bueno, dame la mano que subo, Martín. Ya está. Ahora vení, seguime que bajamos el cajón y listo. Por favor no se te ocurra decir una sola palabra, ¿entendiste?
Yo entiendo que el pibe es nuevito, pero ¿por qué me lo ponen a mí, con lo bruto que es? Cada vez vienen peor los muchachos. No tienen la mas mínima educación, no saben lo que es tener un poco de respeto. Si fuera por ellos, todo sería cuestión de meter una maquinita que haga el pozo y se la pasarían apretando botones, mirando alguna de esas revistas de minas en bolas y escuchando chingui-chingui con los auriculares todo el día. Menos mal que para cavar no tiene problemas, es fuerte y no le da náuseas ver los cajones ni las flores medio podridas, como le pasaba al aprendiz anterior.
–Bueno Martín, ahora nos quedamos acá hasta que termine la ceremonia, ¿eh? Poné cara seria. Así, está bien. Pará, no exageres, que no sos de la familia. Pará Martín, ¿qué te pasa?, ¿te impresionaste? ¡Hablá, boludo!
–¿Quién era el finado?
–La finada. Acá tengo el nombre, tomá.
–Don Beto... ¡es la vecina del fondo de mi casa! La vi la semana pasada regando el jardín y estaba sanita.
–Siempre pasa, Martín, antes de morirse están todos fenómeno. Es así la vida, pibe.
–¿Sabe qué pasa. don Beto? Está mi vieja ahí. ¿Ve a esa petisa de camisa azul? Y está doña Elvira, doña Elsa, Rosa, la Gladys. Los conozco a todos.
–Bueno, muchacho, calmate. A veces pasa.
–Tenía razón mi abuela, no somos nada.

Imagen original: vacancy,
por ORANGUTAN BERT 23*32
–¿Y yo qué te dije? Decime, ya que conocés a todos, ¿quién es ese hombre que se quedó allá atrás, de traje?, ¿está mirando para acá o me parece a mí?
–Sí, don Beto, se hace el boludo pero mira para acá. No tengo idea de quién es. Será un pariente de otro lado, la viejita tenía parientes lejanos.
–¿Cómo "lejanos"?, ¿qué querés decir? Yo también tengo algún pariente lejano.
–Quiero decir que vive lejos, en Australia o en Austria o algo así. ¿No vio que era judía?
–¿Y qué tiene que ver? Puede ser judía y tener toda la familia en el barrio, ¿o qué te pensás?
–Ah, bueno, si usted lo dice, don Beto. Usted conoce más que yo a los judíos.
–Dejate de hablar boludeces y no me digas más "don Beto", que no soy tan viejo, che.
–Tiene razón, debe ser un pariente.
–Con tal que no sea otro loco suelto, como le pasó a mi hermano.
–¿Qué, su hermano se murió?
–¡No, boludo!, mi hermano trabaja en el otro cementerio, ya te dije.
–¿Y...?
–Y estaba haciendo la recorrida, el sábado a la mañana, casi mediodía, y ve que hay un tipo al lado de una tumba.
–¿Y qué tiene de malo eso?
–Nada, Martín, nada. Lo que pasa es que le hablaba al muerto, ¿te das cuenta? Estuvo como una hora hablándole, mientras mi hermano limpiaba la calle de enfrente de la tumba. Como si el finado pudiese contestarle. Después agarró un trapito que tenía en un bolso, lustró la placa, le dio un beso y se fue.
–No jodió a nadie.
–No, no jodió a nadie, pero muy cuerdo que digamos no estaba. ¿Qué está haciendo el de traje ahora?
–Está llorando, don..., quiero decir Beto.
–¿Llorando, te parece?
–Sí, sí, se ve clarito. Por eso se apoyó en el árbol, ¿ lo ve?
–Pobre tipo. Debe ser pariente nomás.
–Sí, pobre tipo, está vomitando.
–¿Seguro?
–Y..., no sé, ¿qué quiere, que vaya y le pregunte?
–Vos no te moves de acá, ¡ni se te ocurra!, que está por terminar la ceremonia y me tenés que ayudar con la bajada del cajón.
–No hace falta, Beto, se va.
–¿Se va?
–Se fue nomás.
–Bueno, bueno, basta Martín. Agarrá la pala. Estate atento que cuando nos avise el rabino empezamos. Presta atención y no hablés, a ver si así aprendes bien el oficio.
–Atento como un águila, don Beto.