Narrativa
Carolina Mettini nació en Avellaneda en 1977. Migró a Barracas hace algunos años. Traductora pública y aspirante a intérprete simultánea. Aficionada al baile, los idiomas, los viajes y la búsqueda genealógica. Podés escribirle a noviadetergente@gmail.com.
e lo contó la madre a la hija y la hija a su hija, pero ésta a su vez, aparte de seguir la tradición, me lo contó a mí.
Cada noche, en el Valle de las Rosas, las mujeres de la casa se sentaban a la luz de las velas a bordar. Ya habían levantado la mesa, el débil olor de la cena todavía estaba suspendido en los ambientes. Los hombres roncaban en sus cuartos. Ellas entonces hablaban y reían, mientras sumergían hilos rojos, verdes, en los intersticios de las telas y hacían crecer arabescos y flores. Era verano, a lo sumo, primavera. Por las ventanas sentían las rosas que crecían en los campos ondulantes y los jardines de las casas.
Años y años de dominación turca no se olvidan fácilmente. El lenguaje y la historia, endurecidos y salpicados de sangre, habían crecido entre las montañas con los guerrilleros y poetas, en los pueblos, en las familias, en el llanto por los muertos, en el campo con las vacas, las rosas y los pepinos. Y si bien se conocía la cara del enemigo, sus ropas, como las de la guerra, son harapos por los que pasan el viento y la muerte, pero también la música, la risa, y la amistad.
A las más jóvenes, primas y hermanas entre sí, les intrigaba la música que oían de lejos cuando se sentaban a bordar. Si supieran quién la tocaba. Las turcas, decían las más viejas. Pero la curiosidad no cedía. Las chicas se escaparon una noche, y luego otra, y otra. Nadie notó que atravesaban la puerta, ni que caminaban de puntillas por los adoquines de la callecita. Hasta esa casa: por las hendijas de la puerta se colaban cintas de luz cálida y extranjera. La música era tan alegre y sensual. Las chicas miraban con fruición por donde podían.
Allí estaban, mujeres maduras como ciruelas, bailando con sus colores a la luz amarillenta, los cuerpos variados, ondulantes, saltarines, el pelo suelto y abundante. Se desplazaban por el espacio del cuarto, felices en su mundo de música, ajenas a las circunstancias que las rodeaban, incluso a los ojos claros y curiosos que las observaban embelesadas. Tocaban a su ritmo la tierra con los pies.
Y las búlgaras, escondidas, con el corazón que les flameaba, intentando aprehender cada movimiento, cada caricia al aire, cada gesto de mujer que conoce la vida distinta pero igual a las de ellas. Y también ajenas a que las bailarinas descendían de sus enemigos, y a que a esas horas de la noche, no deberían andar por la calle, y menos que menos, espiando a las turcas.