Narrativa
Celia Ríos nació en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en febrero de 1973. Estudió realización cinematográfica; participó en el taller literario de Guillermo Saccomanno y, actualmente, se encuentra cursando la especialización en escritura narrativa en Casa de Letras. Está terminando su primera novela. Escribile a vontrierlars@gmail.com, si querés.
rene, qué estás haciendo ahí.
Esa es la primera frase que recuerdo del mes siguiente a la muerte de mamá. El resto del tiempo, desde el mismo día en que mamá se murió y hasta esa frase, es una especie de nube llena de cosas y gente mezclada. Por eso, el primer recuerdo nítido es ese. Un recuerdo sonoro. La voz de papá preguntándome qué estaba haciendo ahí.
Me había sentado entre el lavarropas y la pileta del lavadero. En un hueco que se armaba sin querer, con la espalda pegada a la pared y las piernas flexionadas. Tenía doce años recién cumplidos. En ese lugar, en ese espacio que descubrí un día, un poco de casualidad y donde todavía podía entrar y salir con facilidad, leía.
Papá me había estado llamando durante un buen rato. Yo escuchaba mi nombre pero no me movía. Estaba leyendo el cuaderno que mamá escribía cuando estaba sola y que nunca me había dejado tocar mientras estuvo viva.
Qué hacés con eso y por qué estás metida ahí, fueron las frases, una detrás de otra, que dijo papá cuando me encontró.
Intentó hacerme salir del hueco tironeando del cuaderno pero yo lo tenía apoyado en el antebrazo izquierdo y agarrado por el borde superior con la punta de los dedos.
–Soltalo –le exigí–. Lo vas a romper. Yo puedo salir sola de acá. Soltalo.
Lo soltó y se quedó unos pasos más allá de donde yo estaba. Me paré haciendo equilibrio y tratando de no perder la marca de la hoja que estaba leyendo. Cuando lo miré, mientras me paraba, me pregunté por qué la muerta era mamá y no él. Por qué él que decía a todo que no, que no tenía plata, que no se podía y que apenas nos veía cada día, estaba parado frente a mí. Por qué. Por qué si él siempre estuvo con su trabajo y con su preferida, Vico, mi hermana menor, el pollito, su pollito, como siempre decía y su sonrisa de oreja a oreja cuando le decían que Leticia, mi hermana del medio, era su misma cara.
Y yo, qué. Ni siquiera me le parecía. Conmigo todo era: ayudá a tu hermana con los deberes; atale las zapatillas al pollito; poné una olla con agua a calentar para la cena.
En ese momento, hubiese dado cualquier cosa porque fuese mamá la que me dijera: qué susto que me diste, no te encontraba por ninguna parte. No te vuelvas a meter ahí. Pero no era mamá y yo sabía perfectamente que mamá nunca más iba a decir nada.
Caminé delante de él hasta la cocina. Me senté en una silla, cerca de la ventana que daba al patio. Mis hermanas jugaban. Habían tirado una muñeca en el piso y la habían rodeado de hojas y flores de malvón. Todas las hojas y las flores alrededor de la muñeca tapada con un trapo. La miraban. Miraban a la muñeca y se agarraban de la mano, intentaban hacer la señal de la cruz pero no les salía.
Nadie venía a visitarnos, ya. Los primeros días, sí. Los primeros días venía mucha gente, se turnaban, no querían dejarlo a papá solo con nosotras.
Es hombre, pobre, tan jovencito, no va a poder solo con las nenas, le escuché decir a la abuela. Y yo no supe si ese “no va a poder” quería decir que papá también se iba a morir. Mamá no pudo hacer muchas cosas cuando se enfermó.
–¿Por qué estás leyendo eso? –me preguntó papá acercando una silla a la mía.
–Porque ahora es mío –contesté–, y mamá me dijo que lo podía leer cuando saliera del sanatorio.
Era verdad. Me lo dijo la última vez que nos llevaron a verla. Me dijo: Ire, mi cuaderno, ese que no te dejo tocar, ahora es tuyo. Anotá todo lo que pasa en casa mientras yo estoy acá, así cuando vuelvo, me entero de lo que pasó mientras no estuve.
Yo dije que sí. Que todos los días iba a escribir. Antes de irme, le pidió a papá que me dejara sola con ella. Me hizo prometerle que nunca iba a leer nada de lo que ya estuviese escrito en ese cuaderno antes de que ella volviera a casa. Y yo se lo prometí. Aunque a veces tenía unas ganas tremendas de espiar, no rompí mi promesa. Yo sabía que mamá iba a volver. Lo sabía porque había rezado mucho, todas las noches con la abuela y la abuela me repetía, cada vez que yo no tenía muchas ganas de rezar, que para Dios no había imposibles, que si rezaba con muchas ganas, mamá iba a volver a casa.
Mamá no volvió. Me di cuenta que papá tenía razón. A veces, la abuela hablaba pavadas.
–¿Te gusta lo que escribió mamá? –quiso saber papá.
–No. No sé. Está todo lo que ya sabemos. Que somos cinco. Éramos. Que se enfermó, que iba al médico. No sé. Escribió cuatro hojas sobre mi cumpleaños. No pasó nada en mi cumpleaños.
–¿Te dan ganas de llorar? –me preguntó.
–¿Ahora?
–Cuando leés.
–No.
No pude volver a leer con él ahí, sentado al lado mío.
–A veces hacía dibujos, viste –le dije por hablarle de algo–. Acá al costado.
Le mostré el margen de la hoja tocándolo con un dedo.
–No, no vi. ¿Dónde?
Busqué entre las páginas. Al final encontré el dibujo. Una familia de círculos y palitos. Dos más altos, uno con pollera y otro no, más abajo tres círculos más chicos, con cuerpo de palito y polleras, agarrados de la mano por brazos de palitos más cortos.
–¿Ves? Somos nosotros. Mamá, vos, Leticia, Vico y yo.
–Leeme algo.
Entonces volví a la hoja que estaba leyendo y casi sin saber lo que leía, empecé a decir:
“Ojalá podamos ir al mar, cuando salga de acá. Hace tres años que las chicas se conforman con la pileta de lona. Miguel está muy cansado. Me gustaría que fuéramos a un lugar tranquilo, donde podamos dormir escuchando el mar.”
No seguí leyendo. Me quedé callada y volví a mirar a mis hermanas que ahora jugaban a marearse hasta caerse al piso.
Papá me había sacado el cuaderno y leía en silencio.
Lo vi cerrarlo y pasarse la mano por los ojos.
–No llores –le dije.
–No estoy llorando –me contestó–. Me pican los ojos. Vení.
Fui y me paré al lado de donde estaba sentando. De repente, me salió abrazarlo y por un momento me pareció que lo estaba abrazando muy fuerte. Pero no era yo.
Afuera, las chicas se empezaron a pelear. Papá y yo nos desabrazamos. El salió a ver qué pasaba y se quedó un rato, con Vico a upa y con Leticia dándole vueltas alrededor y protestando.
Busqué una lapicera y abrí el cuaderno en una hoja nueva.
Escribí.
Cuando entraron los tres del patio, escondí el cuaderno debajo de una pila de ropa para planchar. Vimos tele.