Cosos

Breve catálogo de ruidos

por Griselda Collazos

 

Griselda Collazos nació en Tres Arroyos, donde los edificios todavía no tapan el cielo y el campo es de trigo y maíz y vacas. Vino a La Plata a estudiar plástica en la Facultad de Bellas Artes. Después se recibió y ahora es docente también en la Facultad. Hace un par de años empezó a "meter" sus imágenes en la PC y a tratar de ingresar al mundo de la ilustración (también algo de animación 2D). En eso anda todavía, en una especie de camino sinuoso entre los pinceles, el escaner y el Photoshop. Podés escribirle a gricoll@gmail.com.
A

lgunos molestos, como el timbre de los que jamás se rinden. De los que nunca aceptan que es muy tarde, o muy temprano, o que no querés atenderlos y siguen y siguen con el vigésimo quinto "rrrrinn".

Insoportables, como los gritos de los vecinos del quinto que discuten a cualquier hora, cuando deciden sacarse las broncas contenidas y te meten por la fuerza en la intimidad de sus diferencias.

Minúsculos, como el gotear permanente de la canilla del fondo.

Diminutos, como el chasquido de mis dedos.

Descomunales. Ensordecedores como el tren, la tele a tope o las bocinas en el microcentro, en plena hora pico. Que obligan a callarse, a postergar cualquier palabra. Que nos devuelven al precioso lenguaje de los gestos y al cruce cómplice de miradas que antes se perdían en la vereda gris.

Dolorosos, como el típico caso de la tiza y los dientes.

Ruidos de satisfacción garantizada, que nunca decepcionan, como la lluvia bajo el techo de chapa. O el mar que vuelve. El fuego que se retuerce, la madera que cruje entre las llamas.

Imprescindibles, como el latido.

Definitivos, como el de las armas.

Familiares, como el del chispero que preludia los mates de la tarde. Como el ritmo único de tus pasos en la vereda. Como los ruidos que hago cada vez que me propongo no hacer ruido, porque estás durmiendo, o hablando, o trabajando…y te reís, y me río, porque no puedo evitarlo. Familiares como tu voz, aunque reniegues y yo decida no escuchar el monólogo de siempre. Aunque te conviertas en ese momento en un ruido de fondo tan hermoso en sí mismo.

Desgastantes, como el ruido mental que producimos, que nos persigue como un enjambre enardecido de ideas contrapuestas. Que nos torturan en concierto desafinado. Que nos impiden ver la realidad, el vuelo de la abeja, los ojos de la gente; y comprender que el cielo es simple y no trae instrucciones para empacharse de aire azul llenando los pulmones.

Incontenibles, como el estornudo o el hipo.

Explosivos, como el de la tribuna que seguía atenta los botines modestos de aquel número 5. La carrera subiendo la cancha. El amague magistral ante el defensor albiazul un poco descolocado. El centro apenas pasado buscando la cabeza de García, que se acomodó y la clavó en el ángulo superior izquierdo con una maestría impresionante. Y las gargantas, que estallaron como cristales, multiplicando el sonido hueco de la pelota que volvía a caer en el pasto, después de haber tocado el cielo con las manos.