Narrativa

Decibeles

por Mariela Ghenadenik

 

Mariela Ghenadenik nació en Capital y es ahí donde vive. Se recibió de licenciada en Comunicación Social en la UBA y lo que más le gusta es escribir. También bailar (dice ser una bailarina frustrada, trata de que no le pase lo mismo con la escritura). Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversas antologías y suplementos culturales: "Angelitos" en la antología Cuentos breves (ediciones Clásica y Moderna, editorial Sudamericana 2006), "Lo que rezan los otros" en la antología Studio Shenkin (publicaciones Amia 2006), "Peis" en la antología En celo (editorial Sudamericana 2007), "Consultorio" en el suplemento de cultura del diario Perfil (2007). En 2006, su cuento "Mi vecina y yo" recibió la mención de honor en el Concurso Interamericano de Cuentos de la Fundación Avón y su cuento "Las cosas nunca son lo que parecen" recibió la Primera Mención en el Concurso de Cuentos breves "Diversidad Cultural en la Argentina" de la Fundación Lebensohn. Este año, su cuento "Un gol para Elsa" fue incluido en De puntín, otra antología editada por Sudamericana. Podés escribirle a ghenadenik@yahoo.com.
A

veces no sé cómo escapar de los ruidos que siempre son mucho más fuertes de lo que deberían ser.

Yo creo que nadie debería escuchar lo que no le interesa escuchar.

Que uno debería poder apagar aquello que interfiere, así como es posible cerrar los ojos o taparse la nariz.

Mis oídos captan tantas sutilezas que aunque me los tape con las manos y murmure en voz baja mientras me hamaco hacia delante y hacia atrás, no logro alejar los ruidos que se acercan por cualquier conductor: paredes, ventanas, caños, charcos de agua, un hilo y una lata.

No sé cómo hacen los demás, cómo conviven con los ruidos permanentes, cómo hacen para no prestarles atención, para ignorar los problemas (las personas siempre tienen problemas y se los cuentan por celular en el tren o por teléfono en las casas o se los echan en cara a alguien, siempre a los gritos).

Yo casi nunca quiero que me hablen, salvo algunas personas que ya conozco, y todo depende del tono de voz que tengan. Si me molesta, no dejo que me hablen.

* * *

Papá puede mover la oreja derecha.

Mamá tiene orejas grandes y se las tapa con el cabello porque no le gustan.

* * *

Con los ruidos se da algo raro: están y sería mejor que no estuvieran. Aparece una extraña mezcla corporal de no tolerar el ruido y de esperarlo a la vez. Siento en el cuerpo la tensión que intenta bloquear eso que me invade y a la vez anticipo.

Ahí está: otra vez el ruido y la esperanza de que se termine pero vuelve a empezar. Un círculo de ruidos, viscosos.

No sé qué hacer.

* * *

A veces me da miedo que mis orejas se terminen pareciendo a las del Capitán Spock.

* * *

Basta de ruido, por Marķa Virginia Costa

Una vez me explicaron qué es tener el ritmo en la piel y es porque, como el agua, la piel lleva el eco al resto del cuerpo y por eso los brazos y los pies se mueven. El oído se dispara, como las orejas de cualquier animal, y en los humanos sucede lo mismo (aunque ese movimiento de orejas sea imperceptible) y después sigue lo de la piel, que a veces se eriza un poco. Va la oreja, se desplaza el cuerpo.

También me explicaron qué es eso de que la música calma a las fieras.

A mí también me calma.

* * *

Cuando mi primo nació tenía las orejas tan separadas de la cabeza que parecía una azucarera. Mi tía se las pegaba con cinta scotch. Como son cartílagos, responden bien a la cinta scotch, decía.

Y, sí, se le arreglaron.

* * *

Yo no quiero estar donde estoy y por eso trato de retener los espacios entre los sonidos. Cuando escucho alguna canción, cierro los ojos y me concentro en las pausas mínimas y ahí encuentro un hueco donde no estar, al menos un ratito. Me quedo en esos espacios entre que algo sucede (cualquier sonido trae una pregunta: qué pasó, qué fue eso, qué se rompió), en esas grietas en las que siento que puedo esconderme, fugarme sin ninguna dirección y sin respuestas: no pasó nada.

No pasa nada.

* * *

A veces pienso que esas aberturas de ruido que encuentro son olas que se retiran. Es como estar dentro de un sueño: todo sucede dentro del silencio y, aunque no se sabe qué pasa, no es confuso. Como cuando miro televisión a escondidas y le apago el volumen y entonces las imágenes se vuelven más comprensibles que las palabras porque tienen la cadencia narrativa de los sueños. Y en los sueños, si pasa algo malo, no es verdad, porque es sólo un sueño.