Narrativa
RUIDO.- Sonido inarticulado y desagradable. || Grandilocuencia con que se revisten las cosas insignificantes. || Atención que se despierta en torno de algo.
No sabía por qué, pero ese ruido dentro de mi cabeza no se iba. Apareció una mañana, tan constante que terminó por despertarme. Es difícil describirlo ahora que ya no está, y me sorprende porque durante meses no me permitió olvidar que estaba presente.
La mañana que desperté con el ruido dentro no tenía nada particularmente extraño (fuera, claro está, de mi cabeza). Es decir, no hubo ningún anuncio o señal de su aparición. Simplemente empezó a existir ahí, en algún lugar de mí, pero tan encimado a los sonidos de afuera que pasé casi una hora buscándolo en mi habitación, en el patio, en la calle. Incapaz de determinar su origen me fui al trabajo, y me acompañó con tal empeño que ya no pude dudar su procedencia: yo.
Me lleno de ruidos, por Griselda
versión grande
Los médicos (consulté a varios) no pudieron esclarecer los motivos de la existencia del ruido. Y vaya que me hicieron pruebas, de todo tipo. También me dieron diferentes medicinas sin estar muy seguros de su eficacia (pude darme cuenta por sus expresiones al tenderme la receta) y yo las consumí todas con la esperanza de librarme de él. Para ese entonces dormir resultaba casi imposible y, atender otros sonidos, como voces, teléfono, timbre, maullidos de un gato hambriento, reclamos de clientes enojados, etc., era una odisea. Llegué a anhelar tanto el silencio que dejé de hablar para no escucharme, mi voz como música de fondo para el ruido. Renuncié a utilizar el volumen de la televisión, empecé a caminar sin zapatos, tapié mis ventanas para minimizar los sonidos de la calle y rellené mis oídos con algodón: de esa forma, los ruidos a mi alrededor desaparecían y sólo tenía que soportar uno sólo… el mío.
Cuando me despidieron del trabajo (manejar clientes a pies descalzos y con mímica no funcionó durante mucho tiempo) casi sentí alivio: podría estar a solas en casa, con el ruido, que no era cómodo pero al menos era uno sólo. Sin embargo, la falta de sueño me fue dejando en un estado deprimente: ojeras, piel ajada, rictus de enojo permanente… así que también cubrí los espejos porque ya tenía suficiente con una sola molestia en la vida como para añadir autocompasión.
Y el tiempo pasaba. El malhumor por no dormir y el ruido en mi cabeza, constante y despiadado, me orillaban a la desesperación más amarga. A eso se añadió, no mucho después, el dolor. A la par del ruido comenzaron a latir mis sienes sin descanso, haciendo insoportable incluso abrir los ojos, o moverme de mi cama. De esa manera todo se volvió oscuro y quedó sólo el ruido; yo estaba en alguna otra parte de la existencia, pero no podía dejar de escucharlo.
No sé cuánto tiempo estuve así; quizá días. Hasta que, por fin, a punto de perder toda conciencia (la idea me agradaba, pues suponía que inconsciente ya no escucharía a mi verdugo) sentí claramente cómo se partió mi frente y emergió el ruido, pero no como un sonido sino como algo material: pero era él, con seguridad, pues tan pronto se deslizó fuera dejé de escucharlo.
El alivio me impidió moverme durante unos minutos. Disfruté tanto la paz del silencio que creí haber muerto, o quedado inconsciente, o sabe Dios qué. Lo más correcto sería decir que me sentí desaparecer por instantes, y era maravilloso. Tanto que abrir los ojos fue más un reflejo que un deseo premeditado. Y con mi cabeza libre de lo extraño, pude enfocar lo que estaba frente a mí, sentado en la cómoda donde guardo mi ropa.
El ruido. Observándome, recién nacido.
México, octubre de 2008.