Narrativa

Nena de papá

por Sebastián Lalaurette

 

Sebastián Lalaurette es periodista y trata de ser escritor. De una cosa da fe su trabajo como redactor en el diario La Nación, donde escribe principalmente policiales; de la otra, el segundo premio obtenido en 2007 en el concurso "La Revelación" de cuento de temática mitológica, con Fábula Cero, un texto publicado en España; o las menciones en el premio "Hegoak" del mismo año (País Vasco), en el de la Fundación Lebensohn este año (por relatos con el tema "Convivencia") y en el "Concurso Jóvenes Creadores" en 1997. Los textos que publicó en la Web están recopilados en www.lalaurette.com.ar/textos; además, mantiene el blog literario El Emporio del Espejo Deformante.
M

i hermana está rebuena; así nomás les digo. Ya se imaginarán los problemas que me trae eso. Que mis amigos se la quieran levantar, por ejemplo, o que algunos que no son mis amigos se quieran hacer los amigos sólo para levantársela. O los celos de mis amigas, claro.

¡O los de las suyas! Un domingo a la noche, por ejemplo, me llamó Roxana, histérica. Tuve que mantener el celular un poco alejado de la oreja para que su voz aguda no me arruinara la audición. Antes me gustaba Roxana, pero hace mil que está de novia con Hernán, que también es amigo mío, así que bueno. Si hubiera conocido antes el chillido de Roxana histérica, capaz que no me gustaba tanto.

—Es una basura —lloró—. Una basura. —La última u se quebró en un sollozo que fue variando en intensidad pero no se detuvo a lo largo de la conversación.

—¿Qué p...? Tranquila. ¿Qué pasó? —le pregunté, tratando de atajar un poco esa andanada lacrimosa.

—Le gusta tu hermana —escupió Roxana. Percibí un tono envenenado en la palabra "hermana", como si me considerara culpable de algo y se fuera a venir hasta Gonnet a golpearme. No supe si tenía que defenderme, defender a Hernán, defender a Yésica o quedarme callado y escuchar, así que me quedé callado y escuché.

Parece que Roxana y Hernán no sabían adónde salir el viernes y ella había insistido para que fueran a ver a Silvermoon, la banda en la que canta Yésica. Lo pasaron bien, no pasó nada raro esa noche, salvo que uno piense que es raro que Hernán haya comentado dos veces que mi hermana era una buena performer, que sabía moverse sobre el escenario. El sábado volvieron a salir y el domingo estuvieron juntos toda la tarde. El problema fue a la noche, después de que Hernán se fue a su casa. Roxana se puso a navegar por Internet y descubrió en el historial de Google una búsqueda curiosa: cantante silvermoon la plata fotos.

—Es un imbécil —lloró Roxana y el teléfono transmitió un llanto saturado como si el tubo se hubiera mojado con sus lágrimas—. Y yo soy una pelotuda.

Los tres compañeros de facultad, los tres amigos, y me tienen que encajar este problema a mí. Hay cosas que no tienen solución. Tranquilicé a Roxana como pude pero supe que ni su amistad con Yésica, ni su relación con Hernán, ni su relación conmigo, ni mi amistad con Hernán iban a ser lo mismo nunca más. Y lo único que había hecho Yésica era cantar.

Díganme, ¿tengo la culpa de que mi hermana esté tan buena? Yo preferiría que fuera normal, tirando a feúcha digamos, a insulsa, no para que sufra pero sí para no tener tantos problemas. Pero bueno, las cosas son como son.

Volumen, por SNL

Así que ahí la tienen a Yésica, estudiante de psicología, diecinueve años (uno más que yo), fanática de Estudiantes (qué va a ser), desgañitándose frente al micrófono en un pub del centro platense mientras la batería y dos guitarras con distorsión (¿o son una guitarra y un bajo?, no sé) llenan el ambiente de un ruido denso, vibrante. Salta y sacude el pelo bañada por luces rojas y azules, una especie de Avril Lavigne pero más mala, más tirando a Pink. Al menos para los demás. Yo sé que no es tan mala como aparenta.

Me querés y me cuidás y soy una chica buena,
y vos sos un buen papá y retarme te da pena.
Pero a veces me canso y me porto muy muy mal,
no soporto tus verdades y tu falsa moral.
Soy muy buena, soy muy mala, no lo puedo evitar.
¿Qué pasa, papá? ¿Me vas a pegar?

Y una andanada de estruendo que vence a todos los demás ruidos del local, un ataque rabioso de música que hace naufragar la melodía y sólo queda la furia lisa y llana. Yésica deja caer los brazos, la mano del micrófono casi abierta, esperando el tiempo para volver a gritar. Es una canción nueva; ni yo la conocía.

Miro a mis amigos: Pablo, Joaquín, Andrea, Melisa, Javier. Hernán y Roxana no vinieron, por supuesto. Estamos ubicados alrededor de dos mesas puestas una junto a otra, un poco pegajosas y llenas de cáscara de maní. En otra mesa, solos, están Celeste y Emiliano, los dos de Gonnet. Todos están absortos mirando al escenario, con los vasos de cerveza en distintos niveles. El mío está vacío; la única botella más o menos llena está en la punta de la otra mesa, muy lejos de mi brazo.

Soy tu nena, soy tu orgullo, soy tus ojos, soy tu amor,
pero vuelvo de gimnasia y te da mucho calor.
Porque ya estoy crecidita y soy la nena de papá,
y sería una desgracia si se entera mamá.
Pero estamos re tranquilos, ella no va a despertar.
¿Qué pasa, papá? ¿Me vas a tocar?

Una nueva andanada, otra vez el ruido intenso mientras las luces rojas, azules y verdes compiten para bañar el escenario. Le toco el hombro a Joaquín. ¿Está un poco molesto cuando me mira? Sí, creo que sí. Le señalo la botella y me la pasa; cuando la agarro, ya está mirando otra vez a mi hermana, que ahora deja caer también la cabeza, oculta por el pelo largo y lacio, los brazos transpirados, las piernas un poco flexionadas. Me sirvo, dejo la botella frente a mí y al levantar el vaso veo que Emiliano me mira raro desde la otra mesa. Son unos segundos; después pasa.

Tan buenito sos de día y pero cada noche empieza,
vos decís que todo esto pasa por mi cabeza,
pero hay tajos en mis brazos y en mi alma y por ahí,
y mi cara se ennegrece porque anoche no dormí.
Tu varita mágica no me hace soñar:
¿Qué pasa, papá? ¿Me vas a violar?

Otra vez el ataque sónico, y parte del público vivando a gritos: chicas enardecidas, flacos moviendo la cabeza rítmicamente. Es el último tema fuerte; después vienen dos o tres más antes de que la banda se baje del escenario. Me acabo el vaso de cerveza, pido otra y me sirvo otra vez; demoro el último vaso haciéndolo coincidir con las canciones del final. Cuando Yésica termina, viene a nosotros con una sonrisa de oreja a oreja.

Ilustración de Marķa Luz Grioni

—¿Y? ¿Cómo estuvo?

Todos coinciden en que estuvo genial. El sonido anduvo muy bien, dice uno; le pusiste la re onda, dice otra. Yésica comparte el entusiasmo y se sienta con nosotros. Le sirvo lo que queda de cerveza. Afuera llueve.

Empezó sin que nadie lo notara en el interior del pub, como una llovizna muy leve; después, un destello blanquecino cada tanto, inaudible desde las mesas aturdidas de música; más tarde, una, dos, tres líneas de agua sobre la ventana. Ahora es una cortina que se mueve todo el tiempo y refracta focos, puntas de cigarrillos. Me quedo un rato mirando por la ventana y cuando vuelvo a mirar para adentro me encuentro con que Joaquín logró entablar conversación con Yésica. Le está hablando de la canción ésa.

—Ahora, qué tema... fuerte, ¿no? —dice Joaquín, un poco demasiado inclinado hacia adelante, las cejas un poco demasiado levantadas en demostración de interés humano. Los demás... me doy cuenta de que todos los demás están mirando para el mismo lado, a mis espaldas y a espaldas de Joaquín.

—¡Hola, pá! —dice Yésica, y se levanta. Ahí está papá, claro: vino a buscarnos con el auto, como siempre que llueve. Joaquín se da vuelta sorprendido; nadie en nuestras mesas dice nada. A papá lo miran con expresiones difíciles de escrutar. Él también parece intraducible, mínimamente tenso.

Saludos, besos, y nos vamos. Afuera nos recibe el agua con su ruido, un ruido diferente del de adentro. Papá se ubica en el asiento del conductor y abre los seguros. Yésica y yo nos apuramos a meternos, ella en el asiento del acompañante, yo solo atrás. No sé bien por qué, pero siempre que papá nos pasa a buscar viajamos así.

Las ruedas susurran sobre el asfalto mientras papá agarra calle 48 para después tomar 7. Es lo único que se oye por varias cuadras. Yésica mira por la ventanilla. No dice nada. Es papá el que habla después de un rato.

—Hace años que te pegué la última paliza —dice.

Yésica no se toma el trabajo de contestar. Deja que la lluvia cale en el silencio y lo llene de algún sentido. O a lo mejor simplemente está cansada. Desde atrás sólo veo una parte de su cabeza, que no se mueve. Sigue mirando hacia afuera, hacia las veredas relucientes y las paredes lavadas.

—Y nunca te toqué.

Papá suena envarado, raro, como si un peso colgara de su voz y tirara hacia abajo y él tuviera que sostener cada palabra para evitar que se hunda. Pasamos Plaza Italia antes de que Yésica conteste.

—Es una canción, papá.

Me vienen ganas de tararearla, pero no lo hago. Tengo la letra en la cabeza, toda a la vez. También ellos, seguramente.

—Una canción que habla de un padre abusador.

—Es una canción, papá. No habla de vos.

La lluvia arrecia. Parece que las gotas compitieran por llegar primero al techo del auto, al cordón de la vereda, y por estallar con más fuerza.

—A nunca me preguntaste si te iba a pegar. No con ese tono cancherito.

—No es sobre vos, papá.

—Deciles eso a tus amigos.

Yésica da vuelta la cabeza por primera vez para mirarlo. Pero no dice nada.

—Decime, ¿te faltó algo a vos en estos años? ¿Pasaste hambre, frío, estuviste sola?

—¿Qué?

—No, pregunto nomás.

Yésica vuelve a mirar por la ventanilla. Las manos de papá parecen pegadas al volante con Poxipol. Hay uno, dos, tres relámpagos, la luz roja del semáforo. No paramos. No viene nadie.

—Claro, debe estar buenísimo —dice papá— hacerse la rebelde ante los amigos. Que todos piensen que papá es un violador y un hijo de puta no importa. Total, quedo re fashion.

Ilustración de Marķa Luz Grioni

Conozco a Yésica y sé que no va a poder contenerse. No puede.

Fashion es otra cosa —dice, mirándolo otra vez.

—Entonces cool, o banana, ¡o como mierda sea! —explota papá. —No es una cuestión de palabras.

—Es una canción, papá. No es...

—Ah, claro —interrumpe él, y se golpea la frente con la palma de una mano—. Qué boludo. No iba a llover. Yo me iba a quedar en casa y nunca iba a escuchar esa canción tan linda. Y vos quedabas como una reina con tus amigos, ¿no?

—Ay, por favor —dice Yésica, y vuelve a mirar por la ventanilla. No llego a distinguir si le tiembla un poco el labio; creo que no.

—Te tengo noticias —sigue papá—: tus amigos te quieren mostrar la varita mágica.

Ahora sí, puede ser que le tiemble el labio inferior. Sí, me parece que sí. Está apretando los dientes, creo. Llueve fuerte, sin parar.

Miro hacia la izquierda, contemplo la cortina de agua por la otra ventanilla a través del espacio vacío del asiento de atrás. Por alguna razón el ruido de la lluvia pasa a primer plano. Papá vuelve a hablar: dice que a los amigos de Yésica seguramente no les interesa mucho su mente de artista torturada, que se avive de una vez. Ella le contesta algo con voz llorosa, pero me lo pierdo. Habla de tiempos diferentes, de que no la entiende, una cosa así. Él casi grita; algo de que cuando realmente necesite ayuda va a poder contar con su familia y con nadie más. Ella le contesta rápidamente, en un chillido. El ruido del agua es cada vez más intenso. Se interpone entre todos nosotros, acaricia los oídos y parece que se llevara el sentido de las cosas. Oigo todas las palabras de papá, todas las palabras de Yésica, pero me resulta imposible entender lo que se dicen. En mi cabeza suena música.