Poesía

Clandestino

por José María Pallaoro

 

José María Pallaoro nació en La Plata en 1959. Vive en City Bell. Es director de la revista de poesía El espiniyo. Además edita Aromito (www.aromitorevista.blogspot.com). Publicó plaquetas, cuadernos y cuatro libros de poemas: El viaje circular, Pájaros cubiertos de ceniza, Son dos los que danzan y Poemas anteriores. Se le puede escribir a jmpallaoro@gmail.com.

 

que se mojen las balas

–Joaquín Sabina

 

 

“hagamos la del perrito” dijo ella

toda gatuna

con sabor a colonia

del otro lado del río

y a tabaco negro y a ginebra áspera

“la del perrito” volvió a insistir

y erguía devotamente

sus manitas delanteras

a la altura de los hombros

y sacando la lengüita dulce

como un canino necesitado

de caricias y de mimos

 

la idea no paladeaba demasiado

para ser precisos nada me gustaba

 

como te digo

una cosa era compartir el tálamo nupcial

de perdidas batallas ajenas

a oscuras

en silencio absoluto

mientras los niños dormían en la cama cucheta

a pocos pasos de nosotros

 

te digo

la otra era hacer la del perrito en el baño

a solo una puerta del padre del marido

militar retirado experto en el arte

de la arquería y en el tiro federal

que ahora despuntaba el vicio

haciendo puntería a botellas de cerveza

descerebradas por motus propio

y en fila

india

cabecita negra

bolita

erpio montonero

guerrillero argentino

caído en desgracia

destrozadas una a una siete días a la semana

sin errar un solo tiro

 

“la del perrito”     “guau guau”

su su rra ba la pichicha

y enterraba la sin hueso

en lo más profundo

de mi oreja izquierda

 

Ella en mis brazos, por Malthusea

el baño tenía bañera y pileta

con un solo grifo de agua fría

y el bidé no funcionaba

y una lamparita de 40 w colgaba de un cable

a lo a líba bá

que caía del centro del cielo

como un cabo raso

 

el lugar no era el apropiado

para dos ovejeros

en edad de merecer

y menos aún cuando se sintió rechinar

la puerta de la habitación

de el uniformado

premio nacional

de tiro al subversivo

 

“¡a la bañera!” ordenó

marcialmente

suave

mi rin tin tin

 

y ahí fueron a parar mis huesos

y mi corazón

palpitaba al ritmo

que john bonham

le imprimió a black dog

 

ahora lassie

acomodaba la cortina de la bañera

dejándome tras ella

como a un desodorante de ambiente

y apretaba el botón del inodoro

sin el más mínimo deseo de simular

se refrescaba las mejillas sonrosadas

y salía abandonando políticamente

el campo de batalla

envuelta en un pareo

que hacia juego con sus ojos

dejando la puerta entreabierta y a mí

tras la cortina de hierro

desnudo

de cuerpo y alma

rememorando algún retrato

de goya y lucientes

caprichos impresionistas

circa un tres de mayo

 

y como en algunas películas

yo era un voyeur

que observaba por el vano deslumbrante

nacido entre el quicio y la puerta

del que veía nítidamente descansar

un fierro de alto calibre

sobre la mesa

no declarada

como arma de guerra

por la prensa sensacionalista

y al émulo del coronel cañones

degustando en la cocina

un aromático salamín picado fino

con queso gruyeré

y aceitunas y pan alemán

y un paqueto ¿viste? pingüino

pleno de líquido bermellón

y me sentí el protagonista

de la última cena

 

(la banda de sonido

de este largometraje de misterio

que giraba – diría seguramente la crítica –

dramáticamente a uno de terror

como versión libre de algunos de los relatos

de edgar allan poe

correspondía a la creación espontánea

de mi gatita micifuz

que ronroneaba cachorra

con entrecortados ronquidos

absolutamente alejada

de mi suerte

la minina)

 

y mis ojos alucinando al capitán metralla

ante los restos de la gran comilona

y el enano de frac terminaba realmente exprimido

en la bacha de la pileta

y un eructo satisfecho culminaba la ceremonia

a la que le faltaba la cereza de la crema

que no era otra que yo

y la luz

que iluminaba

la cocina

se desvanecía

oscureciendo la pantalla

y leí “this is the end, beatiful friend”

y cerré los ojos

completamente

emocionado del film

que acababa

de ver

 

y retorné

al mundo

de las realidades plenas

ante imposible defensa

con mi arma descargada

sentí un tórrido escalofrío

recorriendo mi columna vertebral

ante el ruido del picaporte de la puerta

entreabierta del baño

 

que ahora se cerraba

definitivamente