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Ciudades

Diario de viajes colectivo

Amsterdam • Cabo Polonio • Roma • Viñales • Londres
Miramar •
Carmen de Patagones • Plovdiv • Tesalónica
Oberviechtach • Tordehumos • Berlín • Praga • New York
Sevilla/Córdoba/Granada • Ottawa • Puerto de Santos • Colón

 

Carlos Barbarito nació en Pergamino en 1955. Es autor de quince libros de poesía y dos de crítica de artes plásticas. Premios: Fundación Alejandro González Gattone; Fondo Nacional de las Artes; Dodero, de la Fundación Argentina para la Poesía; Bienal de Crítica de Arte Jorge Feinsilber; César Tiempo; Raúl Gustavo Aguirre, de SADE; menciones de honor Leopoldo Marechal y Carlos Alberto Débole; Gran Premio Libertad; premios Francisco López Merino, Hespérides e Iparragirre Saria; mención Plural de México; mención honorífica Concurso de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires. Figura en: Breve diccionario de autores argentinos desde 1940; Inventario relacional de la poesía en lengua española 1951-2000, de Juan Ruiz de Torres y José Javier Márquez Sánchez; ABC de las artes visuales en la Argentina; Diccionario de autores argentinos. Sus textos fueron traducidos al inglés, francés, portugués, catalán y holandés.

Hotel Schiller, Amsterdam, enero de 1981

¿Por una gota de rocío en una hoja,
por una piedra lanzada por un niño
decidido a quebrar la calma del agua, escribo?
Que venga un soplo que me devuelva
el soplo de su garganta, que un rostro descubierto en una página
me traiga otra vez el diamante de sus ojos.
Ni gota, ni piedra, por Ella escribo.

Anduve un mar de calles entre la niebla;
la noche crece y mi palabra no la alcanza:
tierra desgarrada, piedra de gritos,
ausencia de redes pasada de mano en mano.
¿Vendrá ese soplo, hallaré esa página?
Algo muy grande se deshace más allá de la ventana,
mientras barcazas y fantasmas derivan por los oscuros canales.

Carlos Barbarito

Cabo Polonio, enero de 1996

Horacio Petre, más conocido como Petre a secas, es diseñador gráfico, ilustrador y artista plástico. Nació en Bahía Blanca en 1966, pero vivió y estudió toda su vida en Buenos Aires. Colaboró en diseño e ilustraciones en el fanzine Speed (1985-89), editó, produjo y dibujó la revista Historietitas (1995-99), publicó la tira Clip Clap guionada por Manuel García en el Suplemento "No" de Página/12 (2002-05). Desde abril de 2008 publica semanalmente humor gráfico de su autoría en el blog Lo invisible es esencial a los ojos.
Polonenses

Acá estamos en el alíscafo, tempranísimo en una mañana de enero. Se nota que las mochilas estaban reprolijas, nada que ver con cómo quedarían... En el bolso de mano Vale tiene el equipo de mate.

Ésta la saqué desde el micro que nos llevó de Colonia a Montevideo... no se entiende nada, está todo movido.

Bajamos en la terminal Tres Cruces y nos quedaron unas horas para pasear antes de tomar el micro a Balizas. Fuimos a pasear y conocer la costanera montevideana... Por todos lados había carritos que vendían chivitos... Yo me pedí uno completo que traía ensalada rusa, papas fritas, huevos fritos, arvejas, jamón, queso... Vale está a punto de hincarle el diente al suyo.

Balizas, justo antes de tomar la pick up para llegar a Polonio. Se ve que ya estaba frescolari, y nosotros bastante cansados.

Viajando en la pick up con remolque de “El francés”, cae la tarde en la costa uruguaya. Valeria feliz haciendo de guía, mientras me pide que la mire, que sonría, y yo agotado y preguntándome cuándo llegaríamos al Polonio

Al día siguiente en la playa. Lo que se ve como un punto chiquito a lo lejos son...

¡Vacas! Acá luego de 20 minutos de caminata, se las ve más de cerca... Creo que es la foto de este viaje, nunca antes había visto vacas en la playa...

Las casitas del Polonio... En el Polonio no había calles, las viviendas estaban desperdigadas a lo largo de la costa, humildísimas y tan bellas.

Las botellas interpuestas en el concreto entre ladrillos armando rarísimas tomas de luz... Supongo que desde adentro se verían muy lindas.

La posada en la que paramos... Yo venía de laburar mucho en Baires, así que decidimos ir al lugar más top, que era este, donde teníamos un cuarto en el que la cama doble ocupaba el 80% de la superficie, con una bombita de luz colgando del techo, energía eléctrica de generador hasta las once de la noche y baños compartidos al final del pasillo...

A la vuelta de la posada había un muellecito, donde estaban estas barcas de los lugareños que se dedicaban a la pesca. Esta parte del Polonio se llenaba de lobos marinos que venían a comer los peces que tiraban los pescadores... a la mañana nos despertábamos con el ronroneo de estos bichos.

En esta Vale prepara el mate y las galletitas para el desayuno playero. Todos los días fueron así, de insistente sol y aguas tibias y gentiles...

Yendo hacia el norte por la playa, la mancha oscura que se ve a lo lejos es el cadáver de un lobo marino.

Los dos, usando una roca a modo de trípode y con disparador automático. ¿De qué me reía?

Un mediodía mientras preparaba ensalada griega (queso, aceitunas y tomate, nuestro menú casi diario). Detrás de las rocas se ven los lobos marinos.

El día que nos fuimos de caminata a Balizas, a mitad de camino. En el fondo, a lo lejos, se ven los restos de un barco encallado.

Un rato después entre las ruinas de ese barco. Ésta, después, la enmarcó Vale.

Aprovechando que no había nadie alrededor.

En balizas comiendo chivitos. Recuerdo que le pregunté a la dueña del local cómo era posible que vendieran tanta de esa carne por todos lados si no se veía ganado caprino en los campos... Se mató de risa, y ahí me explicó que los chivitos eran de carne vacuna, pero les decían así por lo cargados de guarniciones que venían... Se vé que era una metáfora lo de chivo, aunque nunca ví un chivo cargado de nada...

De regreso a Polonio y haciendo dibujos gigantes en las dunas, como para ser vistos desde un avión.

Ilustración de Petre

Otra mañana. Tomando impresiones del Polonio con las acuarelas que me había regalado Irene. Mientras yo pintaba, detrás de Valeria pasaban caminando por la orilla una pareja de nudistas. Por alguna razón, esos pezones al aire, esas bolas cara al sol me ponían nervioso, lo cual le causaba muchísima gracia a Vale.

Más lobos marinos.

Vale y la siesta una tarde que nos quedamos en la posada luego de una comilona regada con abundante cerveza...

Leyendo en el atardecer polonés... Recuerdo el total ataque de risa con “Las ménades” de Cortázar.

Nuestro cuartito en la posada. Lo que se ve colgando en las paredes son las acuarelas que iba pintando en la playa y las poníamos como decoración de interior.

Bastante quemaditos ya, uno de los últimos atardeceres, preparándonos para volver.

La tarde que llegamos a Montevideo, en la costanera. Hicimos tiempo toda una noche, para tomar el micro hasta Colonia en la madrugada. Uruguay se me presentaba como una especie de “Trama celeste” (la de Bioy Casares), una suerte de Argentina en un tiempo paralelo, con uno o dos pequeños cambios, responsables quizá de la clásica parsimonia y paciencia oriental, de esa apariencia de Buenos Aires fuera de sincro.

En la cubierta del barco, el puntito blanco de fondo son los edificios más altos de Buenos Aires. Faltaban como tres horas para desembarcar todavía.

Petre

Roma, marzo de 1998

Creo que sintió unas ganas locas de no entrar al Coliseo. Para qué entrar a ese estadio viejo, de piedras ajadas. Para qué ver restos de columnas, una estatua hecha pedazos, la cabeza por aquí, el dedo índice apuntando al cielo por allá... Para qué el Vaticano, tanta hipocresía. Más sincera es la vía Condotti, con sus marcas. ¿Capilla Sixtina? Cerrado. En el Vaticano él me dijo que sólo me iba a volver a ver en mi casamiento... con otro. Mejor tirar una moneda en la Fontana di Trevi. Mejor sentarse en una roca, mirar a los centuriones y sentir el calor del sol que le tuesta la cara. Pizza de porciones cuadradas al paso.

Y mucho mejor aún: evitar las despedidas bajo el paraguas, y evitar callar un te quiero antes de irme para perderme sin encontrar el racondo anulare.

Carolina Mettini

cerca de Viñales, marzo de 2000

Griselda Collazos nació en Tres Arroyos, donde los edificios todavía no tapan el cielo y el campo es de trigo y maíz y vacas. Vino a La Plata a estudiar plástica en la Facultad de Bellas Artes. Después se recibió y ahora es docente también en la Facultad. Hace un par de años empezó a "meter" sus imágenes en la PC y a tratar de ingresar al mundo de la ilustración (también algo de animación 2D). En eso anda todavía, en una especie de camino sinuoso entre los pinceles, el escaner y el Photoshop. Podés escribirle a gricoll@gmail.com.
Clase de danza

En este lugar del sudoeste de Cuba la vegetación se enmaraña entre las cuevas naturales, que encajonan los ríos. Y, en medio de esa geografía que desborda, apenas asoma un caserío. Es el pueblo más cercano al sitio donde hacemos noche, desde hace varias lunas de calor y humedad. Nos indican un sitio para cenar, apenas una casa de familia con vocación de restaurante y olores penetrantes. La oscuridad proyecta sombras, pero siempre en Cuba parece sonar música. O mejor dicho, brotar música. La vimos brotar en Trinidad del fondo de un balde de plástico como percusión improvisada. Brotar de los viejos fuentones de metal con dos palillos. Hoy sale de todas las ventanas y las puertas, metiendo ruido. Preciosa entrada: recuerdo las tortugas nadando en los distintos pisos de una fuente colonial descascarada. Y el corredor en el patio, donde esperamos por ciertos platos que se desdibujan, porque toma cuerpo una escena que me distrae por completo.

Una mesa cercana con una familia cubana, arreglada y tranquila. Una nena preciosa, tal vez nueve años: No podría haber contado todos sus rulos, cerrados, tupidos y atados por la mamá prolijamente. Un vestido blanco, lleno de volados, y unos ojos firmes. El padre, de traje marrón. Para cortar la espera la invita a bailar. Y bailan, siguiendo esa música que viene de todas partes. Abrazados. Levemente encorvado él para alcanzarla; flotando de felicidad ella, por seguirlo con sus pasos cortos y sus zapatitos.

No sé si fue mucho tiempo. No sé si alguien más siguió aquel baile… creo que sólo fuimos dos: la madre que esperaba los platos y yo que no sé qué comí, hundida en la ternura.

Griselda Collazos

Londres, agosto de 2006

Javier Arevalo Rendall, oriundo de Mendoza, es un periodista freelance, escritor y profesor de inglés. Como buen anglófilo, ha estado viviendo, soñando y escribiendo en Londres por los últimos tres años. Por las mañanas enseña inglés en un instituto en el centro de la ciudad, y por las tardes colabora con una variedad de medios en el Reino Unido y en la Argentina. Escribe para, entre otros, el diario Crítica de la Argentina y la revista literaria Miranda, para los blogs Periodismo Joven y Argentinos en y, como lo que le sobra es tiempo, tiene su propio espacio online: www.javoarevalo.wordpress.com.

Hace ya unos diez años, cuando le estaba empezando a tomar el gustito a este asunto de volverse autónomo con una mochila y ver a dónde lleva el asfalto, alguien me sorprendió con un poema. Se llamaba “Lugar de origen”, y entre viaje y viaje, las líneas se escaparon de mi libretita…

Decidí no cuestionar el azar. Al fin y al cabo los escritos son como las personas; algunos nos gustan y otros no —a otros simplemente los odiamos—, y se van tan fácil o difícilmente como vienen. Indagar más en la cuestión me parecía fútil.

Un par de meses atrás, en un pub en Londres, encontré las primeras líneas del poema por segunda vez. Esta vez salían de boca de una amiga —gracias Sarah— y siguieron atropelladas de un comentario acerca de los viajes, de Buenos Aires, de Londres, y de dónde diablos somos que ya me duele la cabeza. Decidimos entonces que las coincidencias no existen, y nos ayudamos a rescatar el poema, no fuera a ser cosa de que se nos escurriera de las manos una vez más…

Lugar de origen

Caminos de tierra
                que a ningún lado lleva.
Espejos rotos,
                cuerpos en vilo, en vela.
Y debajo de todo
                la tierra que llora, el mar que muere.
Y tu rostro en la arena
                que el viento se queda.

Mas allá del dudoso valor literario de las ocho líneas, el hecho de anotar a los manotazos lo que creíamos sonaba familiar nos tiraba de las chaquetas y apuntaba a lo que ya se caía de maduro:  el lugar de origen es de todos, y está en todos lados. Es el campo catamarqueño de la chica que me regaló las líneas, son las calles de Mendoza que se cansaron de espiarme y es la Londres de mi Sarah. La clave está en la universalidad, y  es una que yace al principio de cada viaje, y también en los finales, cuando llegan.

Para Henry James y para Dickens Londres era una ogresa magnifica, un ente cruel vivo y cruel. Joseph Conrad no pudo evitar amarla, y para Vargas Llosa, Cabrera Infante y Cortázar la ciudad fue un centro de operaciones, un refugio y un consuelo.

A miles de kilómetros y años de distancia en el pasado, en mis sueños la ciudad se paraba frente a mí como una utopía, una biblioteca gris e infinita, las letras del pasado y el futuro grabadas en piedra y el sudor de mil actores, que querían vivir los sueños de otros. Era una ciudad de mil páginas amarillentas, acentos pulidos y modales de punta en blanco. Mi Londres era, como los caballos de polo y los gauchos de “Marca Argentina”, un producto for export, pasteurizado y listo para consumir. Años más tarde y miles de páginas después, me di cuenta que la realidad es otra, y es un tanto más interesante que mis imágenes…

Londres es una “acumulación de todos”: los acentos pulidos y los modales de punta en blanco existen, pero viven en esta ciudad en la que cientos de países y miles de acentos convergen y se dan la mano. Los hermanos de ojos rasgados de la nación del Sol Naciente y sus vecinos, los miles de indios y pakistaníes que vinieron a reconstruir la isla después de la atrocidad del Führer, gentes de decenas de naciones africanas y más brasileros que en el Carnaval de Río conviven en las entrañas de la urbe, todos en perfecta armonía. El caballero inglés, rubio y de ojos celestes, se escapó a la campiña. Y su hermano, ese que aún vive en la ciudad, tiene una mujer japonesa y un concuñado italiano. Los fines de semana, después de ir al pub y tomarse una Guinness irlandesa, come curry en el restorán indio a la vuelta de casa.

El Big Ben y el Parlamento son monumentos a la grandiosidad y la flema imperiales, pero quince minutos en el subte el paisaje y sus gentes cambian y, luego de sacudirse los zapatos y colgar el bombín, el aire de la ciudad no es solemne sino que lleva minifaldas y regala guiñadas. El aire es cool, joven y atrevido en Camden Town. Camine usted por cinco minutos y llegará a Primrose Hill, en donde las casas de estilo victoriano exudan clase y sofisticación: el único sonido audible es el de algún piano que se entona en una habitación, o acaso el de un bebé que despierta a sus padres jóvenes y ricos. Pasear por Portobello es entrar a Palermo Soho; la gente cool es internacional y se ve igual en cada ciudad, más allá del clima o el idioma. Ser cool en estos barrios es ser joven, atractivo y bohemio. Y ponerse la primera cosa que uno encuentre en el ropero. Hacia el este de la ciudad, esa área que brotó en la Revolución Industrial, los edificios son más bajos y más grises. Tal vez para compensar, la gente es más abierta y amigable, y en conjunción con el olor a pescado frito y papas  que se escapa de cada pub, y los precios de las cervezas, hacen que una visita al East End sea menos civilizada, y ciertamente más divertida que a los barrios de los buenos modales.

“Londres no es bella ni amigable, pero es ciertamente magnífica”, escribió una vez Henry James, y dio en la tecla. Tampoco es homogénea, y mucho menos aburrida.

Javier Arevalo Rendall

Miramar, Córdoba, octubre de 2006

Foto de Carolina Mettini

Mar Chiquita se come literalmente a Miramar. Las calles desembocan en la laguna, desaparecen a medio camino, antes de llegar a la esquina. Las gallaretas nadan, se suben a la vereda, bajan al agua. “El mar”, como le llaman en el pueblo, azul o gris, según el día, fue creciendo todos estos años y se devoró las calles, las casas y las pistas de bailes donde bailaban mis abuelos. Rodea a la vieja iglesia del hogar de huerfanitos croatas de la guerra y a los criaderos de nutrias abandonados.

A lo lejos los flamencos rosados inspeccionan inmóviles en una pata. Otras aves se posan en las copas peladas de los árboles que asoman como bracitos a la superficie, paran brevemente en una torre semisumergida y sobrevuelan el hotel Viena, que alguna vez fue de lujo y ahora es un montón de ruinas a las que de vez en cuando se les mojan los pies. Qué emocionante debe de ser deambular por la ciudad tapada por el agua, bucear por las veredas inútiles, las ventanas ociosas. Pero todo fue dinamitado, por tevé.

Y el resto del pueblo se sigue reinventando al costado del mar que ahora tiene menos sal. Rehace avenidas costaneras en el nuevo contorno, fabrica playitas y miradores. Desentierra la historia como puede, anda en kayak por la laguna, toma sol y come pescados del lugar. Agrega habitaciones a los viejos hoteles que, ahora, están frente al mar. Hasta que tenga que correrse un poco más y cambiar de piel como lo vino haciendo, a la sombra de los árboles, entre las aves y el vientito refrescante de la siesta.

Carolina Mettini

Carmen de Patagones, febrero de 2007

Sebastián Lalaurette es periodista y trata de ser escritor. De una cosa da fe su trabajo como redactor en el diario La Nación, donde escribe principalmente policiales; de la otra, el segundo premio obtenido en 2007 en el concurso "La Revelación" de cuento de temática mitológica, con Fábula Cero, un texto publicado en España; o las menciones en el premio "Hegoak" del mismo año (País Vasco), en el de la Fundación Lebensohn el año pasado (por relatos con el tema "Convivencia") y en el "Concurso Jóvenes Creadores" en 1997. Los textos que publicó en la Web están recopilados en www.lalaurette.com.ar/textos; además, mantiene el blog literario El Emporio del Espejo Deformante y dicta el taller de narrativa Sangría Francesa.

Patagones tiene dos muelles, uno nuevo y uno viejo. El nuevo es donde uno toma la lancha para cruzar los ¿doscientos?, ¿ciento cincuenta?, ¿cuatrocientos? metros de río y llegar a Viedma. El viejo es ideal para sentarse a escribir sintiendo el viento del río y viendo el agua entre las maderas sobre las que se apoya el propio cuerpo.

Patagones tiene también una característica que la hace hermosa pero inconveniente. Está edificada sobre las ondulaciones naturales del terreno, así que para llegar, por ejemplo, al hotel donde estoy ahora, uno tiene que concretar una subida que podría haber sido uno de los doce trabajos de Hércules. La bajada es mucho más fácil pero hay que tener cuidado para que no se convierta en el tramo final de la vida.

Patagones tiene dos hoteles y algunos albergues. El hotel que todos califican como "tradicional", el Percaz (todos pronuncian esta palabra como si fuera grave), tiene un comedor decente y habitaciones con televisor, lo que en mi actual situación (alguien que vacaciona solo e intenta ponerse a escribir) es un inconveniente. También tiene un restaurante que casi nadie usa, ya que todo el mundo prefiere comer en los locales de los alrededores. Hay al menos una habitación, la mía, que tiene una extraña particularidad: debido a la disposición de las luces, la ducha siempre está a oscuras, es decir que uno termina considerando seriamente la posibilidad de bañarse con linterna. El otro hotel, el Pinto, donde me quedé los primeros días, se parece más a esos hoteles de las películas con arcadas, paredes blancas y un enorme patio central con pileta. En las habitaciones casi nunca hace calor porque la distribución en galería garantiza que siempre corra una brisa agradable. Tiene comedor, pero no restaurante, y la mitad de las habitaciones aún no están habilitadas, por lo que uno se encuentra ocupando en realidad una especie de obra en construcción. La pileta no tiene agua y está rodeada por una vegetación totalmente fuera de control. Por otra parte, no hay televisores, lo cual es de agradecer. El punto en contra es que no se pueden recibir visitas. O tal vez sea otro punto a favor. Todavía no lo decidí.

Patagones tiene restaurantes, parrillas y rotiserías y una sola confitería donde hay una sola mesa de pool, siempre ocupada, y una sola mesa de billar, siempre libre. No sé jugar billar.

Patagones tiene muchas chicas lindas, pero ningún culo. Es decir, en la semana que llevo acá he apreciado muchos rostros y muchos cuerpos considerados en general, pero parece haber una extraña condición genética que hace que las mujeres no desarrollen posaderas considerables. El único lugar donde he visto algunas (no muchas) es en la costa, pero siempre del lado de Viedma, y tiendo a pensar que esos culos pertenecen a turistas.

Patagones tiene una oficina de turismo que está cerrada los domingos. Los días de semana también da la impresión de estar cerrada, porque las chicas que la atienden sólo aparecen cuando uno abre la puerta y entra; el resto del tiempo lo pasan en el fondo, fuera de la vista del público.

Patagones tiene también diversas atracciones turísticas, entre las que hay un paseo que consiste en una larguísima escalera de cemento flanqueada por paredes rosadas y un cerro que hace que uno se sienta Frodo Bolsón por las dificultades que presenta para llegar a la cima, donde lo único que hay es una especie de miniobelisco bordó y un sol que calcina.

No sé si lo habrán notado, pero me enamoré de este lugar.

Sebastián Lalaurette

Plovdiv, mayo de 2007

Desde del momento en que el micro cruzó la frontera con Grecia y se internó en Bulgaria, parece que el sol brilló un poco menos.

Después de dos horas de campo, montañas y mucho verde llegamos a Plovdiv... El micro nos depositó con nuestras valijas en una vereda cualquiera cerca de un hotel. No sé por qué ese micro no llegaba a la terminal. Respiré hondo para espantar el miedo de verme perdida, sin mapa, sin saber el idioma. La intuición nos hizo caminar hacia donde iba la mayor cantidad de gente y terminamos en el centro. Llamamos por teléfono a Maria, nuestra amiga, pero no estaba y nos atendió la abuelita, que sólo habla búlgaro y tenía la instrucción de repetir la dirección Kavala chétiri...! si llamaba una chica que no hablaba búlgaro.

(...)

Foto de Carolina Mettini

Maria y su abuela viven en un edificio como tantos de los que hay en Plovdiv. En las puertas, como en tantas otras puertas y postes, hay afiches con fotos de los muertos, sus nombres y fechas de deceso. A la tarde las vecinas de la abuela subieron a mirar la novela. La abuela me presentó, contó que soy nieta de búlgaros. Las palabras sonaban calmas y maternales, como cuando de chica me dormía escuchando la voz de mi mamá, palabras que eran sólo sonidos sin significado. Maria no estaba para traducir, así que contesté con lo que me pareció, mucho gusto en búlgaro y el resto en castellano y sonrisas. No me urgió entender todo lo que decían, como si la conversación hubiera pasado por otro lado.

(...)

Salimos a caminar.

El centro, al pie de las colinas fundacionales, parece sacarse las lagañas de los ojos. Entre las casas y los edificios de aspecto abandonado surgen frentes restaurados y coloridos, la estatua de Filipo, el padre de Alejandro Magno está con la frente alta emergiendo de uno de los anfiteatros, cerca de una mezquita turca. Un edificio cuadrado y gris convive con los nuevos colores. Hay estatuas modernas de maderas y metal. Y también hay McDonald's: algunas hamburguesas tienen salsita agria de yogurt con pepinos. Sube la pendiente.

El pueblo viejo se trepa con nosotros por la colina, con sus calles adoquinadas, tiendas de recuerdos, esencia de rosas y un resto de olor a leña que trae a la nariz recuerdos imaginarios de inviernos pasados.

La última noche chocamos vasitos con rakía, el aguardiente búlgaro a base de ciruelas, que te mantiene caliente en el invierno, sólo que ahora es primavera y no estoy acostumbrada a tomar alcohol. Después, la abuela nos sirvió un vino fuertísimo hecho por ella, que constituyó todo un salto de fe, porque Maria, a modo de brindis, nos dijo “espero que este en buen estado”...

Carolina Mettini

Tesalónica, mayo de 2007

Cuando llegás a Tesalónica se te perdonan todos los pecados. La primera noche te reciben tus amigos, caminás a lo largo de una muralla de la ciudad vieja y cenás delicias frente al mar. Te olvidás de que en esa ciudad hay museos, restos arquológicos, y tumbas ilustres. Te sopla la primavera en el cuello y paseás por las calles de solcito seco y estudiantes. Hablás sobre la vida y parejas aburridas, te enojás y te reís. Decís malaspalabras que recién aprendiste a decir en griego, en una confiteria al aire libre a las tres de la mañana, mientras comés dulces típicos. El dueño de una “taverna” te regala una planta de albahaca porque sos linda. Es que en Tesalónica sos linda siempre. Todas son lindas. A la tardecita volvés a la casa, a un barrio en el que nunca estuviste, pero parece que sí estuviste, parece que hubieras vuelto de la escuela todos los días de tu infancia a esa casa en donde te hospedás.

Carolina Mettini

Oberviechtach, junio de 2007

Por su disposición, parece que alguien tiró dados jugando a la generala: un pueblito de casitas en el medio de las colinas alemanas, una iglesia añosa, gente amable, casi toda rubia. Me pregunto, dónde compran la comida y la ropa?

Foto de Carolina Mettini

Uno no encuentra a Oberviechtach en todos los mapas. Si querés visitar el castillito medieval en la cima de la colina, sólo tenés que pagar un bono a una vecina y te presta la llave. Subís por las entrañas de la mole muda de piedra: vértigo en las escaleras estrechas y empinadas. Qué difícil habrá sido subir en armadura, che. El viento te vuela el pelo, y a lo lejos, se ven autos ridículamente pequeños que se deslizan por la maqueta.

Carolina Mettini

Casas del Cerro, octubre de 2007

Pisando uvas

Alcalá merece un capítulo aparte en mi memoria. Estuve en una residencia internacional para artistas quince días en un paisaje increíble. Montaña. Nosotros de un lado. Abajo, medio encajonado, el Júcar, un río verde y curvo en el recodo. Enfrente, Alcalá del Júcar, una población empotrada en la roca de la montaña, con su castillo árabe como broche de oro.

Cuevas naturales en la roca, aprovechadas para la construcción. Cada casa tiene las habitaciones interiores talladas en la piedra, y sólo se construyen el frente y las dependencias delanteras. Calles sin autos, con escaleras. Acostumbrada a la chatura de la pampa, donde las referencias son “adelante” o “atrás”, acá me pierdo. Inevitablemente me tengo que preguntar si lo que busco está más arriba de donde estoy o más abajo.

Recuerdo los desayunos silvestres de higos y granadas. La trepada a las cuevas con Socorro, una pintora mexicana que, con un brazo menos, subía tres veces más rápido que yo a cada cosa.

Y recuerdo cuando pisamos las uvas en casa de los anfitriones, para hacer el vino, el mosto, y una especie de dulce que fabricaban con el pellejo de la uva y la gelatina de las semillas, para conservar. Y los vinos que nos tomamos, de cosechas anteriores, claro, para festejar.

Griselda Collazos

Tordehumos, noviembre de 2007

Huellas

Casi toda la familia completa en España. Mi hermano desde hace tantos años que perdí la cuenta. Yo y mis viejos, apenas llegados. De Valencia planificamos un viaje para conocer, en auto, y discutimos cada parada del recorrido (para hacer honor a nuestro apellido, porque somos tremendamente discutidores) menos ésta: Tordehumos, en Valladolid.

No se puede hacer noche ahí. Es tan chiquito, que caminando seis cuadras uno se cae del pueblo. Hay tres iglesias, una sola plaza, y el cura viene de otra ciudad una vez a la semana. Huele a bosta, pero uno hasta con eso empieza a encariñarse. Es llano, parecido extrañamente a la provincia de Buenos Aires.

Encontramos a una señora y empezamos el relato de la historia que se sale a borbotones de la garganta. Ahí nacieron nuestros bisabuelos, ahí se casaron, vivieron, tuvieron tres hijos. Y de allí se fueron, con un pariente agregado. ¿Collazos? Hay muchos, nos dice… casi todos tienen en el pueblo ese apellido de segundo, tercero o cuarto. Y uno se alegra de pertenecer, de no tener que repetirlo ni deletrearlo.

Foto de Griselda Collazos

Nos agarra el mediodía y pronto somos la atracción de un pueblo quieto que está a punto de sumergirse en la siesta: en plena plaza sacamos el mate y los sandwiches.

El alcalde, cuando sale del Ayuntamiento, pasa a saludarnos. Otro Collazos, por cierto, y le preguntamos por las partidas de nacimiento, los registros de casamientos… Hay que volver mañana para verlos.

La señora no entiende que comamos ahí, y no en su casa… le damos pena. Pero no se imagina, no puede imaginarse lo que sentimos tan lejos y tan cerca. Le contamos en cuál de las iglesias se casaron y nos dice que, aunque está cerrada, vayamos al bar y busquemos al hombre que tiene las llaves, así nos abre. Para cuando llegamos, todos los parroquianos saben perfectamente quiénes somos, que venimos de Argentina, que somos Collazos. Y el señor termina su copa y nos acompaña a la iglesia.

Enciende las luces, la miramos, y quedamos de pie frente a la virgen de la que mi bisabuela era devota, de cuyo manto, ya en Argentina, en Tres Arroyos, cosió y bordó una réplica para que al morir la enterraran con ella como mortaja.

Volvimos al otro día, revisamos libros, encontramos fechas, nacimientos, muertes, fotocopiamos, nos emocionamos. Conocimos a una parienta, la más cercana. Su abuela era hermana de los que se marcharon. Y nunca, según le había contado, supo si habían llegado vivos o muertos.

Qué parecidos el lugar del que salieron y al que vinieron: vid y trigo, hacienda… Qué cerca estuvimos de esa huella. Qué placer volver a las raíces.

Griselda Collazos

Berlín, julio de 2008

Foto de Malena Sánchez Moccero

Que se haya largado a llover justo cuando mi caminata de diez horas llegaba a su fin puede haber sido un guiño de Berlín. Un guiño para confirmar que podríamos tener una linda relación. Por eso, cuando salí del subte en la estación Senefelderplatz y una lluvia suave me recibió en las escaleras, sonreí.

Hoy caminé mucho, saqué esas fotos de viaje de estudios, las que parecen postales torcidas. Pero había mucho para ver, escuchar, observar, memorizar y no pude detenerme mucho a crear lindas imágenes.

Hoy volví al pasado, a Napoleón, al Kaiser, a las guerras, a las imágenes en blanco y negro, a la República de Weimar, a la Alemania Oriental, a Hitler, al Berlín dividido, a Lenin, a la Guerra Fría, a la Stasi. No sé por qué el pasado siempre parece tan intenso. No sé si será el efecto del paso del tiempo, la virtud de los narradores, o algún tipo de apatía contemporánea. Pero estar en los lugares donde los acontecimientos sucedieron y donde estuvieron los personajes que trascendieron me genera una emoción que va desde la yema de mis dedos a la garganta.

Y la historia es tan diversa, amplia y eterna que me agarró la misma sensación que tenía cuando iba a Buenos Aires de chiquita a visitar a mis abuelos. Me acuerdo que veía a las personas a la altura de las rodillas, y eran demasiados zapatos los que caminaban por la misma vereda. Demasiadas vidas, demasiados caminos. Me acuerdo que intentaba focalizarme en cada uno. Pensaba si más tarde tendría algún tipo de relación con las cientos de personas que me cruzaba por las veredas porteñas. Y lo mismo sucede con las bibliotecas. Y a una persona -un cuerpo frágil, limitado y chiquito- que desea conocer todo, a veces, eso, puede desesperar.

O a veces
puede ser una inyección de vida muy potente
como ahora.

Malena Sánchez Moccero

Praga, julio de 2008

Hace más de veinte horas que no hablo en español. Hace veinte horas que casi no hablo (“to the main train station please” y “Dankeshen”). Hace veinte horas que pienso.

Pasar de lo que fue mi estadía en Salzburgo, República Checa es un cambio brutal. Ya extraño Salzburgo, mi última estación fue Linz. Ahora estoy en República Checa, y por más que no vi ningún signo fronterizo, se nota. El pasto deja de ser verde para transformarse en pastizales amarillos. Ya no hay flores. Hace calor y por las ventanas de los trenes entra mucha tierra. Paramos en estaciones en el medio de la nada con letreros en los que no puedo ni adivinar los significados. En el silencio de la nada seca y calurosa, floto como un vaho ausente entre las palabras duras y rasposas que escupen los parlantes de las estaciones.

Mi valija del seminario es mi principal obstáculo. Si no hubiera sido por el seminario (y sus elegantes conciertos y fiestas) estaría feliz con mi mochila de mochilera, sería otra cosa. Los trenes checos tienen unos escaloncitos de fierro como los tractores. Para llegar a Praga tengo que cambiar tres veces de tren, y se me hace muy difícil subir tremenda valija. Los demás pasajeros observan, nadie ayuda. Viajo con unos adolescentes alemanes que destilan agresión. Son las tres de la tarde, van tomando cerveza y llenando el vagón de una risa agresiva.

Foto de Malena Sánchez Moccero

Cada tanto duermo, pero sólo por minutos. El tiempo parece deslizarse burlón, regodeándose sin prisa. En la nube de tierra, calor y lenguas extranjeras, vuelo por ocho horas.

Llego a Praga y la siento extraña. Nada me une con esta ciudad mas que la lectura de Milan Kundera.
No lo pensé antes. Pero viajar sola es muy raro. Cuando uno viaja solo, suele viajar para encontrarse con alguien. Viaja para encontrarse con amigos, con parientes, con su novio, con colegas, con alguien. Es muy raro viajar en silencio sabiendo que en el destino no hay nadie. Es raro viajar para no encontrarse con alguien. Viajar para no encontrarse con alguien,
a veces
puede ayudar a encontrarse
(a uno mismo).

Malena Sánchez Moccero

New York, agosto de 2008

Nacida en la Argentina y criada en aeropuertos, Trotamundos es una incansable viajera que se transporta hasta cuando viaja en ascensor. No le gusta que la tomen por turista porque se toma muy en serio el hábito de viajar, que para ella significa estar realmente en otra parte y dejar un poquito de sí misma en cada lugar. Le resulta casi imposible pensar en vivir en otra ciudad que no sea Buenos Aires.
A NY state of mind

Foto de Trotamundos

Una de las cosas imposibles en NY es poder estar en alguna parte. Para los que les cuesta quedarse en un solo lugar, NY es un gran colmo.

Dan como temblores porque hay que ir a todas partes, un zapping mental a cada cuadra, a medida que pasan los números (42, 43, 59, 82, 14, 23). Cada cincuenta metros cambian las ideas que van al costado como una jauría hambrienta, que sigue la pista muy de cerca, aún cuando la caminata sea en ochos, esquivando rejas del subte en las veredas.

Tratar de retener algo de esa autopista mental es imposible. Respirar hondo ese humo que sale del asfalto hasta cuando es verano, observar algo, tomar agua al menos.

Sentarse en algún escalón, pero ni las imágenes ni las ideas se detienen.

La visión en NY es borrosa, como arriba de un tren.

La ansiedad vuelve a arrastar de los tobillos y después alguien se pregunta dónde estuve y no es posible saberlo, porque se estuvo en todas partes al mismo tiempo y pasó un perro andaluz por las calles de Berlin antes de la guerra, en los ochenta donde todas las narices eran como las de Ivana Trump, y como era verano no había tapados de visón, pero había nutrias en fotos y hasta un cachorro de antílope que había perdido a su mamá en un pueblito de Buenos Aires y en el zoológico del Central Park unos chicos daban de comer a un lobo marino.

* * *

Nos sentamos a la sombra, sobre el pasto. Charlamos durante horas. El tiempo pasa rápido, no hay manera de retenerlo.

You can't always get what you want...

Empieza a lloviznar. Pintitas de colores. Y marcadores, lápices, crayones, papelitos chiquitos, como los que quedan adentro de la agujereadora. Y también grana multicolor.

El pasto del Central Park ya no es verde: es celeste, fucsia, violeta, plateado, amarillo.

But if you try sometimes, well, you might find...

No tengo fotos de eso, pero hubo un día que el pasto del Central Park fue de todos colores y alrededor, en todas partes, en el aire, las palabras se entrelazaron.

...you get what you need.

Trotamundos

Foto de Trotamundos

Sevilla/Córdoba/Granada, septiembre de 2008

La frutilla del postre

Después de un año en España, de llegar como turista, de quedarme a probar suerte, de trabajar en varios lugares y tener un conocimiento más real y menos de lentejuelas y luces de colores del país y la gente… de saber que existen cayucos y salas oscuras en Barajas... después de extrañar horrores y sentirme ajena, extraña, sola, perdida… después de pelearla igual y apoyarme en otros parecidos a mí… de hermanarme más que nunca con mi hermano… después de todo, me vuelvo y lo dejo de nuevo solo del otro lado del charco.

Foto de Griselda Collazos

Después de la Navidad más triste del mundo. Después de ver las Fallas en Valencia, la catedral de León, la Universidad de Salamanca… Después de hacer amigos… casi todos uruguayos, cordobeses de acá, como la Mona, o colombianos. Después de aprender de nuevo a hablar “castellano”… y saber que “chuleta” es un machete, que las “polleras” no existen y que lo que duele a veces no es la panza sino la “tripa”… Después de haber llorado en el Prado viendo algunos cuadros que en los libros no me movían un pelo, y de pasarme ocho horas ahí metida saboreando… y volver a entrar rogándole al guardia de seguridad porque se me había pasado un Greco… Me faltaba Andalucía y sin eso no me volvía y lo digo muy en serio.

Con la plata (perdón, el dinero) juntado en el Correo y la venta de gafas (perdón, de lentes) de sol… ¡¡¡Sale viaje de despedida para dos (mi hermano y yo) con escalas en Sevilla, Córdoba y Granada!!!

Una maravilla. Qué puedo decir. Que el arte omeya es una delicia, que el equilibrio entre el entorno natural y la arquitectura, entre lo complejo y lo sencillo, ente lo refinado y lo utilitario es perfecto. Que ojalá no hubiera catedrales ni Palacio de Carlos V encima de mezquitas, ni sobre templos americanos. Que son verdaderos bodoques frente a la delicadeza y a la destreza e inteligencia de los árabes. Que se desencaja la mandíbula. Que fue el gasto mejor gastado de mi vida. ¡Y olé!

Griselda Collazos

Ottawa, octubre de 2008

Foto de Carolina Mettini

En Ottawa hay un tiempo para cada cosa. Cenás temprano, sos puntual, te tratan bien y no te quieren revisar las pertenencias en el supermercado ni en los negocios. Digamos que en esa atmósfera se me descomprime la mente. Respiro. Camino mucho por las veredas sin baches. Me dejo llevar por el río que se desliza. Las ardillas saltan de aquí para allá. Un señor en silla de ruedas pasa a gran velocidad llevando café a los puesteros del mercado callejero. Por las calles laterales, las casitas con sus escaleras de entrada hacen fila, alfombradas con hojas secas de color amarillo. No quiero pensar, sólo vagar en el aire fresco de esa burbuja de cuentos. Ví un solo artista callejero, ilustraba el palacio del Parlamento mientras criticaba al gobierno una tarde gris y ventosa. No conocía ni a Maradona, ni al tango. Le recomendé que leyera el Martín Fierro, supuse que se iba a sentir identificado.

Carolina Mettini

Puerto de Santos, enero de 2009

a Liliana Golubinsky

El Gran Nudo se desata. El hilo
se extiende hacia una espuma anterior a toda espuma,
hacia lo labrado por ningún labrador
en una jornada anterior a años y horas.
Metal que ya no cincela, ningún ala
para la espalda inmóvil, desconsuelo del aire
y del agua, del aire que no conduce el sonido,
del agua que no traga ahogados
ni atrae a los sedientos. ¿Qué éramos entonces,
en esa música enmudecida
sino delgadas sombras sin soplo en las narices,
cuerpos vacíos de anhelo, desmayos de llaves
frente a puertas carentes de bisagras y cerraduras?
Apenas un viento que soplaba sobre la superficie,
de lado a lado, sin testigos.

Carlos Barbarito

Colón, Entre Ríos, febrero de 2009

Mitos y verdades de Colón
Colón es para viejos

MITO. Está lleno de jóvenes. Hay bares, pubs y boliches, aunque sólo uno de ellos está abierto en cualquier día determinado porque ambos le pertenecen a la misma persona. La edad promedio de la población temporaria de las playas no parece superior a la de cualquier otro balneario excepto, qué sé yo, San Bernardo digamos. Incluso en las termas, esa típica salida "aloe vera", se ven muchos veinteañeros.

Las chicas de Colón son lindas

VERDAD. Dicen que es porque hay muchos descendientes de alemanes, pero no sé si es por eso. El caso es que no sólo abundan los ojos celestes y los de ese marrón amelado tan bello, sino también los cuerpos perfectos o casi. Alguien ha formulado la teoría de que el propio relieve urbano de Colón, con sus subidas y bajadas, ayuda naturalmente a combatir la obesidad.

Los chicos de Colón son feos

MITO. Es el contraste. Cuando uno ve a una típica pareja de jóvenes colonenses es natural que el hombre parezca poco agraciado en comparación con la belleza de la mujer que camina junto a él. No creo que la apariencia promedio de los hombres de Colón sea más desafortunada que la de los de otras partes, aunque pienso que esto debería juzgarlo con más acierto una mujer, o un gay.

En las disquerías de Colón es casi imposible conseguir música con onda

VERDAD. Los catálogos deben de tener más o menos cien títulos. Abunda el chamamé y los discos de artistas locales son exhibidos en forma prominente. Pero no vayan a pedir un Gorillaz o un Radiohead porque los van a mirar como si fueran invasores sajones dispuestos a tomar por asalto la Municipalidad. Los jóvenes se quejan, obviamente, pero no de la ausencia de su música en las disquerías: asumen naturalmente, como en todas partes, que la vía para descubrir nueva música es la piratería. Y la queja consiste en que los empleados de los cibercafés y locutorios son perezosos y abandonan muy pronto el intento de conseguir los discos que les piden bajar de Internet.

La gente de Colón es amable

MITO. La mujer que atiende el maxikiosco de 12 de abril entre Laprida y Lugones debe ser la persona más asquerosa del mundo. La chica que atiende la casa de empanadas más grande de la ciudad es capaz de recibir a un cliente, tomarle el pedido, cobrárselo y entregárselo sin hacer contacto visual. Además, en Colón la función fáctica del lenguaje parece no existir: el saludo después de un intercambio comercial se considera innecesario, y todo "Gracias" queda sin respuesta. Esta parquedad puede llevar a confusiones por las que ningún colonense cree necesario disculparse. (Puede que sea un asunto menor, pero recuerden la manera en que en 2001: Una odisea espacial, la obra maestra de Arthur Clarke, Bowman se da cuenta de que HAL9000 no está en sus cabales: la computadora cumple con una tarea que Frank Poole le pide, pero no le avisa que la completó. Poole muere segundos después.)

Small town, big hell

VERDAD. Totalmente.

En Colón se come bien

MITO Y VERDAD. En el restaurante Cheks (o Nuevo Chekis, según la factura que tuve que pedir tres veces para que se dignen a hacerla) comí el peor plato imaginable: una lasaña llena de pedazos de cartílago y hueso de, supongo, pollo, aunque no tenía que tener pollo, y de trozos duros de acelga o espinaca, que tuve que dejar porque era incomible; en una rotisería cercana a las termas pedí una milanesa completa y un choripán realmente detestables, aunque al menos se podían tragar. Pero el chivito de Popeye era más que razonable y los sandwiches para llevar del restaurante de Urquiza y Lugones estaban buenísimos. Por no hablar de las empanadas del local que mencionaba arriba, claro, a pesar de la mala atención. En resumen, todo depende.

La gente de Colón entrena canguros acróbatas

MITO. Son esos juegos que están proliferando también en otras partes en los que los chicos son sujetados a un elástico y luego lanzados hacia arriba sin ningún tipo de piedad hasta que mueren de risa o ahogados en vómito o, supongo, termina su turno y deben bajar.

"Palmar" es aféresis de "El año que viene nos vamos pal mar"

VERDAD. Con plazas hoteleras un tanto caras pero aún más baratas que en Pinamar, con la posibilidad de ir en carpa a una fracción del costo, con remises realmente baratos y precios razonables en los restaurantes, con acceso gratuito a las playas y la entrada a las termas a diez pesos por todo el día, con excursiones que arrancan de quince mangos, se puede elegir Colón como destino de vacaciones "semigasoleras" mientras se ahorra para hacer una salida más despilfarrativa al año siguiente. Es lo que yo hice. Aunque me gustó tanto Colón que probablemente vuelva en 2010. Las chicas, claro.

En Colón impera la pacatería

MITO Y VERDAD. El dueño de un local de videojuegos y pool puede separar a una pareja de jóvenes que se están besando frenéticamente porque "hay chicos y familias", pero en un locutorio y ciber puede haber, colgando de la pared entre revistas y artículos destinados a los niños, un video porno sin pieza alguna que cubra las partes más interesantes de su portada.

Las termas son un interesante fenómeno natural que hay que apreciar de primera mano

MITO. Son piletas.

Sebastián Lalaurette