Cosos

Fin

Recuerdos de una muerte que es feriado

por Dulce Pallero

 

Dulce Pallero nació en Bahía Blanca, a las 17:45 del 24 de enero de 1985. Pero es trelewense por adopción. Llegó a Trelew para festejar sus 7 años con una torta-arrollado de dulce de leche, velitas de elefantes y ositos, y un vestido de flores de cuello enorme y zapatillas de cuero blancas. No tiene muchas fotos de su infancia, pero puede escuchar Here comes the flood de Peter Gabriel, y saber exactamente cómo se sentía a los 5 años.
Le contaron una historia que afirma que sólo los magos pueden conocer el verdadero nombre de las cosas y así dominarlas a voluntad. Pero ella no cree en magos ni en nombres verdaderos. Sabe que las palabras tienen la extraña capacidad de decir más de lo que nombran. Y así encontró la poesía, y quizá por eso también estudia Psicología.
Escribió dos pequeños libros editados en forma casera: Septiembre (2006) y Felicidades (2008). Y, cuando las palabras se niegan a quedarse en el papel, canta. Canta desde antes de poder escribir su nombre...
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Autopistas cruzadas, por María Luz Grioni

No puedo escribir de andar. Cuando se anda no se escribe. No.

Cuando se anda se pueblan cosas masivamente, no se busca una síntesis muda o sorda que estalle recortada en unas cuantas letras. Andar demanda desparpajo y hambre que más que hambre es gula. Implica desenfado y crueldad absolutas. Es necesaria la indiferencia que provocan aquellas cosas a las que no estamos atados en una suerte de idilio amoroso. Requiere furia y ánimos pendencieros. Exige egoísmo y asimetría.

Tomar el Plaza para ir a presenciar un evento cultural de nivel internacional. Tomar un Plaza, alguno, para luego movilizarse dentro de una masa informe hasta llegar al Opera.

La 9 de Julio en su esplendor nocturno de findesemana largo. Florida repleta de gentes y lenguas diversas, como una pasta pegajosa, como un colchón de hojarasca.

No me reconozco allí; podría estar en cualquier parte, pero es mentira. No me reconozco allí y sin embargo se de coordenadas precisas. Ciertas esquinas son familiares, determinadas arquitecturas recordadas. Yo se que no podría perderme exageradamente, y que en todo caso no me importaría.

No puedo escribir de andar. No quiero: no se anda cuando se escribe.

La escritura exige paciencia, silencio respetuoso de las cosas y las personas. Demanda humildad y tesón. Condición necesaria es el equilibrio, aunque eso acarree el riesgo de una implosión.

Luego se me ocurre: “No hay mejor relación con una ciudad que cuando se es extranjero, y yo soy un extranjero”... uno no se pone susceptible, no les exige a las calles que se buscan estar a la vuelta de la esquina. No se piden indicaciones precisas o lugares anhelados… todo es igual de interesante, porque todo es igual de indiferente.

Andar siempre me resulta así de incómodo, narrar el andar es lo que más me exaspera, porque nunca es un paseo de verdad. Dos lugares privilegiados: mi casa, porque no hay otra opción que no sea ir apresándolo todo como las plazas en bici: lo que pasa allí es abrumadoramente cotidiano; y aquí en la ciudad porteña, que con su violencia nos viste a todos con el traje de paseantes. No soy turista, miren mi cara redonda y mate de porteña. No soy turista, miren que no llevo bolsas con productos de cuero, o copos de algodón de azúcar. No soy turista, miren como camino y casi no me detengo. No soy turista, miren cómo me siento en este café y no pido mesa afuera. Y sin embargo no puedo evitar que me traten como a tal. Es Pascua, es así.

Y yo estoy hecha una playa de arenas húmedas: donde cada paso deja una huella que inmediatamente es incorporada sin dejar marca. Y mi mirada se posa envidiosa en todas las cosas y bebe ávida de los jugos, de todos los aromas; y mis dientes aprisionan y hacen añicos cada corteza de árbol con que se topan; cada piel, cada pájaro, cada banco, cada cosa.

Podría describir un preciso camino, un mapa mental fiel que una dos puntos: mi casa de 4 y 68 y el Obelisco por ejemplo. Sin mediaciones ni mediciones, así: brutalmente, absolutamente. Podría revelar mis fotos mentales del recorrido del tren, o de la autopista: ventanas abiertas y salpicantes de realidad. Los carteles, de la entrada a la ciudad, los olores, los rostros de la gente: pringosos, casi estúpidos por deliberados… como un turista. Pero son vísperas de Pascua de resurrección. Y me invade una duda, con más forma de certeza que otra cosa: los turistas no advierten tales postales filosas… no. Los turistas, estos turistas, aunque todos extranjeros: pasean.

Luego me pregunto qué diferencia mi andar, casi arrastrando los pies, o un poco a los saltos, de los que de verdad están paseando. Qué diferencia mi extranjeridad de aquellas otras. Yo ando, no paseo, sí, ya lo sé. Cuando se pasea, se establece un contrato previo. Se está mullidamente acoplado al paisaje porque ya se eligió cómo, dónde y qué pasear. Se es turista y no otra cosa.

Caminando, por María Luz Grioni

Yo volví a andar; después de un largo tiempo, será por eso que todo me parece intrascendente. Ahora me dedico a incorporar todo, todo masivamente. No sigo la consigna del que debe elegir y valorar su recorte. Será por eso que hoy no tengo la deuda del que escribe, ya no me siento morosa.

Yo aquí no elijo nada, vivo esta realidad, no me es prestada ni regalada. No tengo más opción que aquel que es parte del paisaje que otros contemplarán; pero no soy un árbol, ni una plaza, o un edificio grandilocuente. Y aunque no pueda encarnar al paseador, ando. Y aunque coleccione sin clasificación alguna, aplastando entre la lengua y el paladar papeles voladores, plumas, pasos, pulsaciones monstruosas… hoy es Pascua de resurrección y no viene a cuento que agregue otra cosa.