Narrativa

Reflejos

por Mariela Ghenadenik

 

Mariela Ghenadenik nació y vive en Capital. Se recibió de licenciada en Comunicación Social en la UBA y lo que más le gusta es escribir. También bailar (dice ser una bailarina frustrada, trata de que no le pase lo mismo con la escritura). Algunos de sus cuentos fueron publicados en diversas antologías y suplementos culturales: "Angelitos" en la antología Cuentos breves (ediciones Clásica y Moderna, editorial Sudamericana 2006), "Lo que rezan los otros" en la antología Studio Shenkin (publicaciones Amia 2006), "Peis" en la antología En celo (editorial Sudamericana 2007), "Consultorio" en el suplemento de cultura del diario Perfil (2007) y "Un gol para Elsa" en De puntín, otra antología editada por Sudamericana. En 2006, su cuento "Mi vecina y yo" recibió la mención de honor en el Concurso Interamericano de Cuentos de la Fundación Avón y su cuento "Las cosas nunca son lo que parecen" recibió la Primera Mención en el Concurso de Cuentos breves "Diversidad Cultural en la Argentina" de la Fundación Lebensohn. Podés escribirle a ghenadenik@yahoo.com.

El viento helado y húmedo serpentea entre las capas del abrigo.

Cómo es no necesitar de nadie.

Las personas alrededor caminan a una velocidad poco verosímil, despiertan una brisa como si ella fuera un tren y los demás las vacas del paisaje, que se ven borrosas y pasan rápido.

Se detiene en una casa de ropa para hombre; la tarde anochecida se refleja en el vidrio, las luces de la calle iluminan porciones del ventanal. Adentro, un hombre se prueba un traje, la mujer estudia las mangas, quita una pelusa de los hombros de un saco azul marino, sonríe. Aprueba. Él levanta los brazos, los baja, los vuelve a subir; el vendedor gesticula y con un centímetro mide una de las mangas. El hijo corre en redondo, el padre lo levanta en brazos, el niño esconde la cara con una sonrisa cuando recibe un beso feliz.

En el reflejo, ella con las manos en los bolsillos, los ojos fijos en la escena pero dilatados hacia otra dimensión. Los dos en un hotel, él frente al espejo, no la ve cuando ella se acerca. El vapor empaña el vidrio que no los refleja. Son fantasmas.

Ahora, la familia sale del negocio, el padre carga la bolsa, el hijo en brazos, toma de la mano a su mujer. No la ven. El hijo se acurruca cerca del cuello del padre, listo para quedarse dormido. Adentro, el vendedor conversa con el cajero, sonríe cuando descubre a una mujer del otro lado del vidrio, inmóvil con las manos en los bolsillos que se aleja rápido, camina detrás de la familia que compraba ropa, los sigue hasta el auto. Los ve alejarse hacia algún horizonte que no se adivina entre las líneas de edificios, una franja invisible de horizonte se aleja entre bocinazos, sirenas de ambulancias, luces altas que encandilan a los autos que van adelante. Todos ciegos, todos sordos. Siguen el impulso automático de volver a sus casas. Nadie se pierde.

Ellla camina de una esquina a la otra.

Adelante suyo no está la ciudad, sino una playa, o un campo en otra provincia repleta de ríos, con caballos y pasto infinito. Y ellos, fantasmas, están juntos, miran un potrillo –parece tanto un unicornio- que bebe agua cristalina de un arroyo azul o verde. Hablan en futuro, del futuro, de planes que no tendrán juntos. Y es extraño eso, como si se murieran en ese mismo momento.

* * *

Entra en un bar, pide un café. Es una imagen repetida en cualquier café de una ciudad: una mujer que bebe un café sola en una mesa, sin mirar. Tal vez escondida detrás de un libro o un cuaderno donde escribe poemas.

Una noche de tantas, él leyó poemas.

Después ella intentaba dormir sin tocar ese espacio tibio que se enfriaba tan pronto. Él volvía a su casa, silencioso, se recostaba cerca de su mujer que, despierta, fingía dormir para no hacer preguntas.

* * *

El café está quemado; es amargo.

Ilustración de Petre

Es una escena fingida: tomar un café y mirar por la ventana. Sentarse a no mirar por la ventana con un café en la mesa. El azúcar desparramada raspa la piel, líneas rojas nacen en la cara interna del brazo. Azúcar filosa, astillas de vidrio que si fueran espejos la multiplicarían como un caleidoscopio.

Revuelve el pocillo frío, echa todos los sobres de azúcar hasta lograr una pasta de café marrón claro. No quedó nada de él. Ningún objeto olvidado, ninguna carta o una foto de los dos. Ni siquiera un descuido. Apenas los lugares donde estuvieron alguna vez (tal vez este mismo café, esta misma mesa) y la idea de un movimiento interrumpido y sin secuencia.

Mira su reflejo en la ventana: en la calle todo se mueve en líneas fluorescentes, veloces, onduladas; cintas de regalo que envuelven la oscuridad y zizaguean entre los espacios vacíos.