Narrativa

Giselle Aronson nació en Gálvez, provincia de Santa Fe; vivió en Rosario, ciudad de reconocido patrimonio artístico. Actualmente reside en Haedo, provincia de Buenos Aires. Se desempeña profesionalmente como fonoaudióloga y terapeuta del lenguaje. Forma parte del colectivo literario Heliconia y participó del taller literario de la Biblioteca Domingo Faustino Sarmiento, en Morón. Cuenta con publicaciones en blogs y revistas literarias: Breves no tan breves, Cuentos y más, Cultura en Buenos Aires, Ficción mínima, Internacional Microcuentista, La esfera cultural, Letras de Chile, Oblogo, Poemia, Químicamente impuro, Ráfagas y parpadeos. Algunos de sus cuentos fueron incluidos en antologías. Este año verá la luz su nuevo libro. Tiene un blog: Luz de noche.

Hasta las seis

por Giselle Aronson

 

En otro tiempo, en diferentes circunstancias, Sandra hubiera podido afirmar que las primeras voces sonaron a las seis. Atornillada en la cama de lo que intuía un hospital, en un despertar inexacto, le resultaba difícil calcular alguna hora, ni presentir voces en aquellos sonidos que percibía.

No sentía dolor; sí un adormecimiento y un persistente olor a quemado. El paso de los minutos le fue permitiendo recordar, lentamente: el alcohol derramado, el encendedor, los gritos, la confusión, el terror y  el mismo olor que ahora se le metía por la nariz, mucho más tenue, proveniente de cada poro de su piel. La memoria de su olfato y su tacto eran los últimos recuerdos; luego de eso, la nada.

49.365 i'm beginning to flatline, #47 in explore !

Foto de ashley rose,

Hasta ahora, doce días después.

No eran voces esas que creía escuchar desde las seis de la tarde, como se le había antojado. Sandra iba descubriéndolas como dos presencias. Una de ellas la estaba esperando, le prometía alivio y descanso. Escapar de una realidad que ahora le parecía ajena, morirse y evadir el dolor de su cuerpo ya desfigurado y la pestilencia que jamás la abandonaría.

La otra presencia era él, que había llegado al hospital para cerciorarse de su gravedad (como si no hubiera sido el causante) o quizás para amedrentarla y convencerla. Sin una sola palabra, solo contemplándola amenazante desde el otro lado del vidrio. Volver podría ser peligroso o más tortuoso que lo que había vivido hasta entonces.

Si ella elegía morirse, él quedaría impune, sin más testigos. La vida tenía ahora el valor de la verdad revelada y el castigo para el culpable.

A las seis de la tarde, hora que Sandra nunca llegó a advertir, el sonido que desde un aparato reflejaba el pulsar de su corazón, se volvió agudo, continuo y acalló las voces. También la suya.